Canadá: miedo a los refugiados y a los solicitantes de asilo
05 septiembre 2017

Una fila de solicitantes de asilo, presuntamente haitianos, espera para entrar en Canadá desde Roxham Road en Champlain, Nueva York, el 7 de agosto de 2017. (Voice of America)

Montreal, 5 de septiembre de 2017 - Miedo. Esta es una emoción muy poderosa. Cada uno de nosotros ha conocido el miedo en un momento u otro. Miedo a suspender un examen, miedo a perder el trabajo, miedo a lo desconocido, miedo a perder a alguien cercano, miedo a morir... A nadie le gusta vivir con miedo. En el centro de cada temor está el sentimiento de inseguridad. Y los seres humanos, de forma innata, buscan seguridad.

Desde hace unas semanas, estamos asistiendo a la llegada diaria de haitianos que piden asilo en territorio canadiense. Vienen porque temen que la administración estadounidense los deporte a Haití a partir de enero de 2018. Es en este momento que Estados Unidos podría poner fin a las medidas especiales que les brindan protección temporal. Regresar a Haití conlleva una enorme inseguridad para estas personas, porque allí las condiciones son extremadamente difíciles. Es por eso que estos solicitantes de asilo merecen que escuchemos lo que nos tienen que decir.

Esta llegada ampliamente divulgada de  solicitantes de asilo que cruzan la frontera también ha dado lugar, aparentemente, a cierta inseguridad entre muchos canadienses. Muchos de nuestros conciudadanos temen que sus beneficios sociales corran peligro si se permite que estas personas ingresen a nuestro país, porque durante algún tiempo estos recién llegados reciben un apoyo limitado del estado. Otros temen perder sus empleos o no encontrarlos, pensando que estos recién llegados se los quitarán. A pesar de que estos temores son en gran medida infundados, nuestros conciudadanos también merecen ser escuchados con respeto.

Muchos de nosotros conocemos la famosa historia de Jean Valjean de la novela de Victor Hugo, "Les Misérables", escrita en el siglo XIX. De joven, Jean Valjean robó un pan. Ese acto, por sí mismo, es reprensible. El panadero merece ser pagado por su trabajo. Por lo tanto, podemos condenar a Jean Valjean y decir que se ha hecho justicia. Pero al leer la historia, descubrimos que Jean Valjean lo robó para alimentar a su hermana, recientemente viuda, y a sus siete hijos. Era podador, un trabajador estacional, y durante la temporada baja, no podía encontrar empleo. Sus sobrinos y sobrinas tenían hambre, por lo tanto robó un poco de pan. Conociendo al personaje un poco más, con su historia y las razones que llevaron a ese acto, llegamos a sentir compasión por él.

Todos nosotros, antes de juzgar, ¿no deberíamos ir y conocer al extraño que acaba de llegar, escuchar y descubrir un poco más sobre su vida? Entonces, veríamos que no es tan diferente. Él también quiere trabajar, también quiere alimentar a su familia, también quiere educación, también quiere estabilidad y una vida mejor para sus hijos. Por desgracia, todas esas cosas que damos por sentadas en Canadá son muy difíciles, si no imposibles, de conseguir, hoy por hoy, en Haití.

Por supuesto, debemos trabajar para crear las condiciones sociopolíticas y económicas que permitan a los haitianos vivir con dignidad en su propio país y que no se vean obligados a exiliarse. Pero eso tardará años y exigirá cambios: cambios en nuestra política de ayuda internacional, así como cambios en el liderazgo político e institucional en el propio Haití. Pero hasta que llegue ese momento, los haitianos seguirán buscando una vida mejor en otros lugares. ¿Podemos realmente culparlos? ¿Cuántas personas del Canadá Atlántico han ido a buscar trabajo en los campos de petróleo de Alberta en los últimos 50 años? ¿Cuántos irlandeses vinieron a Canadá a mediados del siglo XIX porque estaban muriendo de hambre en Irlanda?

A menudo oímos que “no podemos asumir todos los problemas del mundo”. Es razonable. Sin embargo, unos miles de personas quedan lejos de ser "todos los problemas del mundo". Mirémoslo con perspectiva: el Líbano (un estado de cuatro millones de personas) ha acogido a un millón de refugiados sirios en los últimos años. En 2001, cerca de 45.000 solicitantes de asilo llegaron a Canadá; para 2017 (de enero a junio) tenemos algo más de 18.000. Por lo tanto, todo es bastante relativo...

Tal vez el temor al refugiado no venga tanto de su diferencia respecto a nosotros, de sus costumbres, su cultura, su religión... Tal vez el temor al refugiado proceda más del hecho de que nos recuerda nuestra propia fragilidad humana, de que nosotros mismos podríamos, algún día, llegar a estar  desamparados, exiliados y en busca de un refugio... Hablen con la gente de Montreal, víctimas de las inundaciones de la pasada primavera, o con los residentes de Fort MacMurray que perdieron sus casas en los incendios forestales el año pasado.

Podríamos fácilmente decir que la situación de los solicitantes de asilo, o de las víctimas de inundaciones e incendios, “¡no son nuestro problema!” Pero algún día, cada uno de nosotros podría encontrarse en una situación igualmente precaria... ¿Qué pasa entonces si el otro nos dice: “Lo siento, pero ese no es mi problema”?

Hacer esta pregunta es volver a los fundamentos de nuestra humanidad común y a los vínculos esenciales de solidaridad que entretejen una sociedad.

- Norbert Piché, director nacional del Servicio Jesuita a Refugiados - Canadá
 






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