Tailandia: Simplemente, no nos quieren de vecinos
09 enero 2017

9 enero 2017 - La habitación es una sola pieza, ni un apartamento ni un piso, sino cuatro paredes desnudas con una puerta de entrada que parece que nunca cierra bien. La tienen alquilada desde hace casi dos años; sin embargo, siguen sin muebles de los que hablar. La única mesa de la habitación lo suficientemente grande para comer está ocupada por dos grandes maletas que dejaron ahí encima, y la única silla rota sirve más para que los más jóvenes jueguen que para sentarse. La mujer me invita a sentarme, y así lo hago: sobre el desguarnecido suelo embaldosado se me clavan los huesos en mis músculos y me resulta difícil soportar el dolor cuando apenas ha pasado media hora. Al ver que no hay ni siquiera un colchón, me pregunto qué sentido tendrá la frase que duermas bien esta noche para la familia que vive en este incómodo espacio. Ellos son tamiles que escaparon de uno de los conflictos más sangrientos de nuestro siglo y que aún apesadumbra su memoria. A pesar de las dificultades que percibo, me dicen que están mejor que antes. Verás, tratar de dormir en zanjas en la arena mientras las bombas caen sin cesar es mucho peor, dice el esposo.

"No le digas que nuestra vida en Sri Lanka fue siempre mala, al menos no lo era al principio, cuando éramos jóvenes", interviene Jaso, tratando de moderar las palabras de su marido. "Ambos teníamos familias, vivíamos en una pequeña aldea y nuestros padres eran granjeros. Mi padre me quería y se sacrificó mucho por nuestro bienestar. Recuerdo que quería mucho una bicicleta, y un día, mi padre regresó de la ciudad con una hermosa bicicleta para chica. Era azul, recuerdo claramente ese día. Incluso cuando se estropeó, no tuve corazón para tirarla, se quedó en un rincón de nuestra casa como un recuerdo de mi pasado. Hasta el día siguiente no supe que la había cambiado por su bicicleta de carga. Desde entonces, cargaba los pesados sacos de arroz sobre sus espaldas", recuerda Jaso, disculpándose inmediatamente por no tener ningún refrigerio que ofrecer a sus visitas. El presupuesto se ha reducido este mes con los gastos médicos, comenta.

El esposo de Jaso, Suthan, interrumpe conmisericorde mis balbuceantes disculpas por obligar a su familia a rememorar algo que repentinamente les supera: "Cuando era un niño, recuerdo que teníamos un televisor en blanco y negro que encendíamos una vez a la semana cuando mi padre llegaba de la ciudad con una batería de coche cargada. Duraba solo una hora, pero todos mis amigos solían reunirse en nuestro salón y yo sintonizaba una telenovela india o un canal de naturaleza para ver cómo era el mundo". 

Y mientras ese gran mundo que veían en la TV seguía dando vueltas, el conflicto de Sri Lanka pasaba desapercibido, mientras engullía a tantas jóvenes vidas tamiles. Los sencillos placeres de las telenovelas o los paseos en bicicleta quedaron atrás, abandonaron a los padres, el programa del día era la lucha. La guerra por motivos étnicos entre los tamiles del país, la minoría hindú que luchaba por la creación de un estado independiente, contra la mayoría budista cingalesa que dominaba el país. Los Tigres tamiles, tal y como se les conoce, eran implacables guerrilleros conocidos por sus ataques suicidas, mientras que el ejército de Sri Lanka era una eficaz y brutal fuerza que recurrió una y otra vez a los bombardeos masivos. La prolongada guerra de 26 años se saldó con, al menos, cien mil muertos en Sri Lanka, dejando sin hogar y desplazando a cientos de miles de personas.

Jaso y Suthan nunca participaron activamente en el conflicto como combatientes, pero como tantos jóvenes tamiles los sacaron de la escuela, con apenas 17 años, para la formación militar en los campamentos de los Tigres de Liberación del Eelam Tamil. Durante los primeros meses en el campamento, Suthan los pasó estudiando la historia tamil y poco después de terminar su primer curso, le asignaron tareas. Pasaba los días recopilando historias personales y fotografías de combatientes tamiles, que archivaba en brillantes carpetas rojas etiquetadas con sus nombres y años de servicio.

El trabajo era bastante simple, o así le parecía al principio; sin embargo, escribir los obituarios y entregar personalmente las notas de condolencia escritas a mano a las familias dolientes le pasó factura. "Si me acompañaban otros combatientes en estas visitas domiciliarias, no me atrevía a mostrar mis emociones. Pero cuando alguno de mis vecinos o de mi familia lejana moría y me permitían ir solo, yo lloraba. Era bastante difícil ver esos rostros de las fotografías mirándome y no volverse loco, nunca dejaban de mirarme, siempre me observaban y me sentía culpable a pesar de no conocerles o de haber sido yo quien les enviara a luchar. Pero cuando es alguien a quien conoces, todo cambia. Me hundí muchas veces. Me quedaba sin palabras, no podía mentir a esos padres y madres diciéndoles que sus hijos habían muerto por una causa heroica. Yo creía que se estaba cometiendo una injusticia contra nuestra gente, pero todos esos cadáveres y sus rostros… Simplemente, no podía hacerlo".

Jaso confiesa que cuando el ejército la sacó del aula, sus calificaciones no la hacían lo suficientemente merecedora de un trabajo de importancia, por lo que fue relegada a cuidar del cementerio y de las tumbas de los combatientes. Un día, mientras regaba las flores de las de las tumbas, entró Suthan para preguntar si había conocido u oído hablar de un luchador. Ella accedió a escribirle una necrológica y, desde entonces, se encontraban con regularidad para escribir juntos las notas de condolencia. No pasó mucho tiempo antes de que se enamoraran y decidieran buscar cómo dejar el servicio con el castigo más suave posible. "Se rumoreaba que los militares pensaban reclutar a todos para el servicio activo y sabíamos que mucha gente moría – veíamos sus fotos a diario – y yo quería tener una granja y cuidar de la familia que quería tener con Jaso antes que morir en combate".

Regar las flores de las tumbas de los combatientes, escribir sus obituarios y ver las fotos de los fallecidos, les obligó a enfrentar la muerte diariamente; su inquietud crecía semana a semana. El día de su huida, sus mentes quedaron paralizadas. "Acabábamos de llegar a casa, yo a la mía, ella a la suya. Y nos quedamos allí. Teníamos miedo y nuestras mentes no funcionaban. No sabíamos a dónde ir ", dice Suthan. Obvia decir que fueron capturados el mismo día. Sin embargo, gracias a un primo lejano de Suthan - un alto cargo del ejército - su castigo se redujo a unos meses de servicio en las mismas posiciones que antes y una deshonrosa expulsión del ejército al terminar.

El conflicto parecía llegar a su fin pero todo quedó en un frágil alto el fuego entre 2002 y 2005, poco después de que Suthan y Jaso fueran liberados. Comenzaron a cultivar un pequeño arrozal detrás de su casa y su vida se mantenía en un estado de tensa normalidad. Aunque las bombas, tanto la de los suicidas como de los bombardeos aéreos, se escuchaban de vez en cuando, nacieron sus dos primeros hijos, una bendición, dice Jaso. Sin embargo, según Suthan, la sensación de normalidad era una burda mentira, un recurso que la gente inventaba para tener esa desesperadamente necesaria sensación de alivio.

Moviendo nervioso el dedo pulgar, Suthan continúa: "El conflicto seguía a pesar de que las armas no disparaban con tanta frecuencia. Durante el alto el fuego, descubrieron que el gobierno de Sri Lanka estaba haciendo listas de los colaboradores de los Tigres Tamiles. Un día, justo antes de que estallara de nuevo la guerra, un grupo de hombres vino a mi casa diciendo que trabajaban para Naciones Unidas y que estaban investigando crímenes de guerra en la zona. Dijeron que necesitaban ayuda para obtener pruebas. Me di cuenta más tarde que probablemente sabían cuál era mi trabajo con los combatientes, pero en aquel momento les creí y les dije dónde encontrar los documentos. Me empezaron a golpear con la culata de la pistola. Solo se detuvieron cuando mis vecinos los rodearon y empezaron a amenazarlos. Pasé unos días en el hospital y cuando volví, las cosas empeoraron".

El alto el fuego terminó oficialmente a finales de julio de 2006 cuando la Fuerza Aérea de Sri Lanka bombardeó los campamentos del LTTE alrededor de la presa de Mavil Aru; sin embargo, el conflicto ya estaba latente desde hacía meses. Tras el regreso de Suthan, pocos días después, su aldea estaba llena de gente que había huido de las aldeas vecinas. Se oían los aviones de combate sobre sus casas y campos de arroz, y las bombas a lo lejos.  

El día en que una bomba impactó contra un camión que pasaba por la carretera apenas a 100 metros de su casa matando a todos los aldeanos desplazados en una dantesca escena de miembros amputados y carne quemada, Suthan y Jaso se dieron cuenta de que estaban en la nueva primera línea del conflicto. Jaso todavía recuerda el momento en que lo recogieron todo y se fueron: "Estaban todos estos cuerpos, las maletas abiertas de la gente todas alrededor del camión en llamas. No había tiempo para empacar nada, ni siquiera mirar hacia atrás. Caminamos hasta el siguiente pueblo, corriendo la mayor parte del tiempo. Allí dormimos unas noches y luego las bombas comenzaron a caer también sobre ese pueblo. Nos vimos forzados a huir así muchas veces durante los siguientes dos años y medio, empujados una y otra vez, cada vez más cerca del mar. En 2009, terminamos en una playa y ya no había ningún lugar a donde escapar. El LTTE cavó zanjas y búnkeres en la arena y ahí nos quedamos durante meses. Muy poca agua, solo arroz para comer y solo arena donde dormir. Y los aviones de combate, nos bombardeaban cada día. Los niños lloraban todo el tiempo, asustados por el estruendo y las explosiones".

En ese momento no sabían que el conflicto estaba poco a poco llegando, tras 26 años, a un final devastador e inmisericorde. En una ofensiva de tres años, apoyada cada vez más por ataques aéreos y sofisticados aviones de combate que el gobierno de Sri Lanka compró a los gobiernos de todo el mundo, uno de los ejércitos insurgentes más implacables del mundo quedó reducido a cenizas, y con él también muchos civiles.

Los padres de Suthan y muchos de sus parientes murieron en un ataque aéreo nocturno en un bunker de la playa donde se habían quedado mientras Suthan había salido a buscar agua. Estaba a punto de volver a entrar en el bunker con una jarra de agua en la mano cuando la bomba impactó. Salió gravemente herido por la explosión, la metralla le perforó el abdomen y el pecho. Después de rebuscar en la maleta de la habitación, me muestra sus viejas radiografías de un hospital de campo adonde lo llevaron, señala los puntos de entrada con su dedo. Algunas piezas, dice, todavía están alojadas en su cuerpo.

Y, aunque no había ningún lugar para huir en tierra, muchas personas escapaban de las zanjas en aquellos días, vendían sus últimas posesiones de comida y joyas, y abordaban embarcaciones hacia lo desconocido. Para Suthan y Jaso, su desconocido destino finalmente resultó ser Tailandia.

Ahora están pendientes de que la ONU los reubique en un tercer país, pero aunque llevan años esperando, en un giro cruel del destino, estos días la familia vive en una habitación pequeña, casi vacía, cerca de un aeropuerto comercial y militar. El ruido ensordecedor de los aviones volando a baja altura sobre su apartamento es incesante y durante nuestra entrevista, oigo por lo menos el estruendo de un avión de combate cerca. Jaso mira hacia el techo y dice en voz baja: "Cada vez que un avión de combate vuela sobre nuestras cabezas, mi hijo huye del patio y se estira en el suelo".

Abrumado por esta imagen, desde la ventana de su habitación, puedo ver el patio de recreo del que habla: una sola portería sin redes y un montón de hormigón desnudo y desigual. Le pregunto por qué no se trasladan a otro lugar, ya que es obvio que este traumatiza a sus hijos. ¿Es por falta de dinero?

"No, podríamos haber encontrado una habitación barata de precio similar en otro sitio, pero no nos quieren. Dicen que no les gusta el ruido de nuestros hijos o que nuestra cocina huele mal. Creo que es más porque somos refugiados. Hemos buscado durante mucho tiempo, todavía estamos buscando, pero esto es lo mejor que hemos podido encontrar desde que llegamos. Los niños no se han acostumbrado a los aviones de combate hasta hoy. Solo hay que esperar que los jets terminen su ejercicio y que mi hijo mayor salga del baño".

Denis Bosnic para el JRS






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