Global: Una declaración interreligiosa en favor de los migrantes forzosos
21 septiembre 2016

En Alepo, el JRS reúne niños y niñas de diferentes religiones. ( Servicio Jesuita a Refugiados)
Para resistir al radicalismo y al relativismo moral, musulmanes y cristianos deben implicarse en un diálogo más profundo y comprometido, en un encuentro siempre adaptado a un espíritu de fraternidad.

Roma, 21 de septiembre de 2016 - En este año del Jubileo de la Misericordia, anunciado por el Papa Francisco, conjuntamente a la peregrinación islámica a la Meca y con motivo del Día Internacional de la Paz de las Naciones Unidas, líderes católicos y musulmanes unidos y solidariamente hacen un llamamiento a todos los gobiernos, instituciones religiosas y personas de buena voluntad a trabajar juntos en la lucha contra las causas de la migración forzosa.

Como miembros del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), de la Comunidad Religiosa Islámica de Italia (COREIS) y de la Organización Islámica para la Educación, la Ciencia y la Cultura (ISESCO), hacemos un llamamiento a la comunidad internacional a compartir la responsabilidad de brindar protección a las personas que huyen de sus hogares, para asegurarles un recibimiento en buenas condiciones y el acceso, a su llegada, a unos servicios adecuados y asequibles. Se necesitan políticas sólidas para contrarrestar las tendencias racistas y xenófobas; la diversidad debe ser reconocida como una oportunidad y un don, no como una amenaza.

La guerra y la persecución han expulsado a más personas de sus hogares que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial, con más de 65 millones de personas desplazadas por la fuerza en todo el mundo, incluyendo los más de 21 millones de refugiados, 3 millones de solicitantes de asilo y más de 40 millones de desplazados internos. Los niños suponen una cifra desproporcionada de desplazados: casi la mitad de todos los refugiados, llegando a 28 millones de niños refugiados en total. A estos se suman 20 millones de niños migrantes que han abandonado sus hogares por una retahíla de motivos, entre ellos la pobreza extrema o la violencia de las pandillas.

En 2015, alrededor del 45 por ciento de todos los niños refugiados bajo la protección del ACNUR procedían de Siria y Afganistán, donde la explotación infantil es endémica, pero el Servicio Jesuita a Refugiados ha sido testigo de miles de otros niños desplazados en todo el mundo con sus derechos humanos amenazados. A nivel mundial, los niños en movimiento corren el peligro del reclutamiento militar forzoso en Eritrea, del abuso sexual en la República Democrática del Congo, de la trata de personas u órganos en Sudán y de la explotación laboral en el Líbano.

Las ganancias criminales de la industria de armas y municiones, de la trata y tráfico de personas, y la discriminación política y judicial contra los migrantes, se encuentran entre los más mayores males de nuestro mundo contemporáneo. Todo ello pide un trabajo activo, eficaz y coordinado de cristianos y musulmanes en Europa y en otros continentes, para asegurar toda la asistencia posible a aquellos que padecen esta situación.

Desde la perspectiva de musulmanes y cristianos, todos los seres humanos han recibido el don de la vida de Dios, que mira a Su creación con misericordia y compasión. La persona humana en la antropología islámica es el representante (khalifah) de Dios en la tierra, mientras que la teología cristiana sostiene que la persona humana está creada a imagen y semejanza de Dios. Toda persona humana debe, por tanto, ser tratada como poseedora de una dignidad inalienable, independientemente de las diferencias en la fe, la cultura o la nacionalidad. La unidad en la diversidad es un reflejo del misterio divino por el cual todos los creyentes en Dios pueden experimentar plenamente su propia naturaleza individual, sin fundamentalismos o sincretismos, sin opresión o coerción.

Las fuerzas de la globalización a veces pueden ser indiferentes a las sensibilidades de las diferentes comunidades culturales y religiosas. Musulmanes y cristianos son plenamente conscientes del ritmo cada vez más acelerado de las tendencias políticas, económicas y sociales que pueden alentar una profunda crisis de desarraigo moral. Para resistir al radicalismo y al relativismo moral, musulmanes y cristianos deben implicarse en un diálogo más profundo y comprometido, en un encuentro siempre adaptado a un espíritu de fraternidad. Tanto musulmanes como cristianos se inspiran en la Misericordia, que es uno de los Nombres de Dios. La tradición musulmana de protección y hospitalidad hacia el caminante, la viuda y el huérfano se ve reforzada por el hecho de que el profeta Mahoma, la paz sea con él, fuera él mismo un refugiado que huyó de su ciudad de origen para ponerse a salvo. A los cristianos les dicen en sus escrituras que cada vez que acogen a un extraño, le dan la bienvenida a Cristo, y la historia del nacimiento de Cristo es la de una dura persecución y huida en busca de refugio en un país extranjero.

El odio hacia otra creencia religiosa, que se traduce en persecución y violencia, debe terminar. El sistema político internacional y los gobiernos nacionales deben garantizar a cristianos y musulmanes y a toda la gente religiosa el derecho a vivir su fe con libertad, dignidad y seguridad. Una mejor educación y el diálogo entre las instituciones y las comunidades religiosas son esenciales en nuestra sociedad contemporánea para asegurar la armonía del pluralismo religioso en el marco del estado de derecho.
Musulmanes y cristianos trabajan en pro de una paz que va "más allá de toda comprensión", una experiencia de intimidad con el misterio de Dios y de armonía fraternal con sus vecinos. La Paz, así, no es ni una vaga abstracción ni un ideal ingenuo. La paz se puede lograr cuando todos reconocemos que compartimos un hogar común y que Dios nos invita a trabajar juntos por el bien común.

El peregrino, el refugiado y el migrante, todos son personas que buscan, lejos de su hogar, un lugar donde encontrar la paz, donde no haya sufrimiento, y donde disfrutar de la hospitalidad. Muchos migrantes forzosos, que provienen de tradiciones islámicas y cristianas, tienen necesidad "no solo de pan", sino también de "la palabra verdadera", del consuelo espiritual que es una experiencia de la misericordia de Dios, de la fraternidad entre los cristianos y los musulmanes, entre los creyentes y no creyentes; como hermanos y hermanas para descubrir una Paz común.





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Martina Bezzini
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