via todas las campanas


Ana Paula fue voluntaria de JRS en Dundo, Angola. (JRS)

Oporto, 17 abril 2018 – Dundo, en el norte de Angola, en la frontera con la República Democrática del Congo, tiene dos grandes campamentos de refugiados, que fueron mi hogar los últimos tres meses de 2017. Lo fueron porque allí me hicieron sentir como en casa, a pesar de que soy consciente de que un campamento de refugiados no debería ser jamás el hogar de nadie.

Mientras estuve en Dundo pasé por tiempos duros, con problemas, pérdidas y dolor, pero, incluso en los momentos más aciagos, fue una bendición estar allí. Como médica siempre me emocionó la sensación de salvar vidas, es algo casi mágico, pero me doy cuenta de que lo más especial, más que salvar a alguien, es cuidar de las personas: día a día, con paciencia y un amor sin límites. No se trata solo de mantener vivos a los refugiados, sino también de mantener vivas sus esperanzas, su fuerza, su luz y su amor, y de asegurarnos de que esas cosas bellas no mueran en sus corazones. Para mí, eso es el amor.

Trabajar con refugiados es muy especial porque hace que nos demos cuenta de lo importante que es saber que la gente está sufriendo y lo importante que es ser amables siempre. Porque no sabemos lo que vieron, aquello por lo que pasaron, todo lo que perdieron, el dolor que guardan en sus corazones. Aun cuando nos lo cuentan, aun cuando les suturamos sus heridas abiertas, aun cuando casi lo podemos ver con nuestros ojos, ni lo sabemos ni nunca lo sabremos. Para mí, eso es el amor: permitirles sentir y quedar heridos; estar tristes, entenderlos y percibir su dolor como nuestro. El amor lo transforma todo y lo cura todo.

En concreto, lo que más me gusta de trabajar con el JRS en Dundo es que no nos vamos en los momentos sombríos, tristes o dolorosos. No dejamos a los refugiados cuando llegan malos tiempos: cuando las personas mueren, cuando hay problemas, cuando están enfermas, cuando llegan heridas. No nos vamos y eso es hermoso. Eso también es amor Ese amor nos permite verlos no como refugiados, solicitantes de asilo o personas que han huido de la guerra, sino como personas, como seres humanos. Cuando vemos a los refugiados como personas, todo cambia porque no se trata solo de guerras y conflictos, se trata de cómo la guerra y los conflictos los golpean y siguen golpeándolos todos los días.

Realmente, creo que la luz siempre brilla más en la oscuridad, por lo que todos los gestos pequeños, cargados de amor, son increíblemente poderosos: cogerlos de las manos, preguntarles cómo están, hablar con ellos en lingala, visitarlos en el hospital para ver si están mejorando, detenerme en sus tiendas solo para saludar, sonreír mucho. Ellos lo aprecian porque así es como les recordamos que son especiales. Recuerdo que los niños pequeños dijeron que lo que les gustaba de la mamá mundele del JRS (que significa "mamá blanca" en lingala) es que ella les toma de la mano y los mira. Para mí era una bendición poder sostener sus manos cada día y asegurarme de que sabían que podía verlos.

Así que, para mí, el amor es mi #Do1Thing. Porque fue ese amor el que me hizo volar allí, y vivir allí, a mi hogar, verlos, cuidar de ellos y de sus corazones. Si debemos elegir una cosa que hacer, elijamos el amor. Aprendamos más sobre lo que está sucediendo en los lugares olvidados del mundo, y luego vayamos allá: cójanlos de las manos, mírenles a los ojos, y entren en sus corazones y vean lo que llevan adentro.

Asegurémonos de que sepan que existen para nosotros.

Escojamos el amor y dejemos que el amor sea lo nuestro.

- Ana Paula Cruz, voluntaria de JRS Angola