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Salwa y Hogir, dos miembros del equipo de visitas familiares del JRS en Sharya, camino a la casa de un beneficiario. (Jesuit Refugee Service)

Dohuk, 17 de noviembre de 2017  – Al P. Tony O'Riodan SJ, jesuita de la provincia irlandesa, le impresionaron muchas de las situaciones que vivió mientras estuvo trabajando con el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en el Kurdistán iraquí. A medida que fue conociendo a personas cuyas comunidades y vidas habían sido destruidas por la violencia, una de las cosas que le impactaron las permanentes secuelas que la guerra dejó en la vida y el espíritu humanos.

Después de terminar su tercer año de probación, el pasado agosto, el P. Tony viajó y trabajó con el JRS en Erbil y Dohuk, dos ciudades del Kurdistán iraquí. En esta zona del país, el JRS está acompañando mayoritariamente a desplazados yazidíes, cristianos y musulmanes de Mosul, Sinjar y del vecino valle de Nínive. La difícil situación de los desplazados internos en Dohuk y Erbil se ha agravado especialmente en los últimos doce meses, desde que se intensificó la violencia en Mosul.

En Dohuk, donde Tony pasó la mayor parte de su tiempo, los desplazados internos viven en aldeas dispersas, o en los alrededores de Sharya. Cuando comenzaron los ataques del Estado Islámico y comenzó el genocidio contra los yazidíes en 2014, algunos yazidíes se asentaron en campamentos construidos ad hoc; otros encontraron alojamiento en edificios sin terminar y en aldeas abandonadas. Estos pueblos y complejos de viviendas están dispersos, alejados y muy aislados, por este motivo, entre otros programas, los centros comunitarios del JRS y el programa de visitas familiares son esenciales.

En su primer día con Salwa, un miembro del equipo de visitas de la familia del JRS en Dohuk, un joven se acercó a ellos y les pidió que visitasen a su padre enfermo. En la casa del joven ese mismo día, y después de compartir unas cuantas tazas de té con la familia, el equipo de visitas domiciliarias del JRS vio cuáles eran las necesidades médicas del anciano, pero también vio que había otros asuntos a los que dar respuesta.

El descubrimiento de estas otras necesidades, aparte de las de la solicitud inicial, es un aspecto importante del trabajo de los equipos de visitas familiares. A menudo, estas visitas del personal del JRS revelan las necesidades de formación en habilidades para la vida, y muchos desplazados internos son derivados a los centros comunitarios del JRS donde pueden aprender a coser y seguir cursos de peluquería, algo que ha permitido que muchos hayan puesto en marcha sus propias empresas. Los centros comunitarios no solo ofrecen capacitación técnica, sino que también les brindan la posibilidad de conectarse entre sí y construir comunidades. En muchos sentidos, participar en los cursos ofrecidos en los centros es una experiencia sanadora en la que las personas desplazadas pueden comenzar a enfrentarse al trauma y al aislamiento por haber tenido que huir.

Salwa y Hogir, dos miembros del equipo de visitas domiciliarias en Sharya, que tienen veintitantos años, nacieron y se criaron allí. Su habilidad para conectar con los miembros de su comunidad inmediata visitando sus hogares es excepcional, explica el padre Tony, que agrega que "el JRS tuvo la suerte de haberlos encontrado y ellos tuvieron la suerte de haber encontrado al JRS como una forma de plasmar este deseo de responder a las necesidades de su propia gente".

El hecho de que muchas de las personas que trabajan para el JRS Irak sean iraquíes y ser ellos mismos desplazados es lo que hace que los programas del JRS en Irak tengan tanta fuerza. Son comunidades que se reconstruyen a sí mismas, familias que apoyan a sus propias familias, y es el JRS quien ayuda a que esto crezca.

"Se comienza ayudando a las personas a través de las visitas familiares, de los cursos, del contacto; luego, las familias y las comunidades se van recuperando", dice Tony sobre el proceso de reconstrucción; y así, tan impactante como es el horror de la guerra en el Kurdistán iraquí, lo es la presencia de la esperanza frente a tanta destrucción.

El P. Tony corroboró la realidad de esta esperanza un día en que compartió misa y un picnic con 40 jóvenes desplazados de Qaraqosh, un pueblo al norte de Mosul, cuya población cristiana fue desplazada por la fuerza en 24 horas. Después de la puesta del sol y cuando todo el mundo subía al autobús con destino a Erbil, vio que los jóvenes bailaban y cantaban.

Su contagiosa sensación de alegría, de amor por la vida y de camaradería era indiscutible. Las nubes de la guerra y la violencia se habían disipado dando paso a la esperanza en el futuro. Esto, pensó para sí mismo, es el espíritu humano en acción.