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Un maestro refugiado en el campamento de refugiados Gendrassa, Maban, Sudán del Sur, sale de la escuela tras un largo día enseñando a los estudiantes de la escuela de primaria (Angela Wells / Servicio Jesuita a Refugiados).

Nairobi, 12 de octubre de 2015 – La crisis de los refugiados que hoy vive Europa está protagonizada por sirios, iraquíes, afganos, así como eritreos, sudaneses y otros refugiados africanos que huyen de la guerra y de situaciones opresivas. Las crisis humanitarias interrumpen la educación retrasando el acceso a las escuelas, contribuyendo a un aumento de la deserción escolar, y reduciendo las tasas de finalización de estudios. Cuando este tipo de emergencias tiene como resultado el desplazamiento, la falta de acceso a una educación de calidad puede tener profundas implicaciones en la capacidad de las comunidades afectadas de recuperarse y prosperar.

Desde Siria a Afganistán, desde los campamentos etíopes, que acogen a refugiados eritreos, hasta las comunidades de Sudán del Sur que han dado la bienvenida a familias desplazadas, el JRS trata de ayudar a refugiados y desplazados para que sean autosuficientes a través de sus programas de educación.

Mediante estos programas de educación, el JRS ha estado acompañando y sirviendo a refugiados y desplazados en el sur de Sudán - ahora el país independiente conocido como Sudán del Sur - desde 1992. Las escuelas traen esperanza, y la educación crea una cultura de paz que facilita el reasentamiento y la integración de los refugiados en sus nuevos países de refugio, o – esa es la esperanza de muchos – a volver a casa como líderes de sus comunidades y ayudar a reconstruir su país.

El derecho fundamental de los niños y las niñas a la educación corre un grave riesgo durante las emergencias. Las crisis humanitarias - incluyendo guerras, terremotos, tsunamis, inundaciones y conflictos prolongados - interrumpen la educación, demoran el acceso a la misma, contribuyen a una mayor deserción escolar y reducen las tasas de finalización de estudios. Cuando este tipo de emergencias tiene como resultado el desplazamiento, la falta de acceso una educación de calidad puede tener profundas implicaciones para la capacidad de las comunidades afectadas de recuperarse y prosperar

"Yo nací con la guerra, fui a la escuela con guerra, me casé con guerra, levanté a mis seis hijos con guerra y ahora me estoy haciendo vieja y crío a mis nietos con guerra. ¡Estoy harta de la guerra!", dice Lucía, de 56 años, en el recinto del Servicio Jesuita a Refugiados en Maban, Sudán del Sur. Lucía ha sido desplazada cuatro veces a lo largo de su vida. La violencia en su país natal, Sudán del Sur, llega periódicamente con cada nuevo ciclo de vida.

Hace cuatro años, la comunidad internacional se unió a Sudán del Sur en la celebración de lo que parecía ser una nueva era, ya que tras cinco décadas de guerra se independizó. Sin embargo, la esperanza de un país estable no siguió a la alegría de los primeros días de la independencia.

Al norte, en Sudán, la guerra continuó mientras el gobierno de Jartum siguió bombardeando sus propios estados de Kordofán del Sur y Nilo Azul, en la nueva frontera meridional. Estos ataques han dejado a 500.000 personas en necesidad de asistencia humanitaria y han generado que 130.000 nuevos refugiados del estado del Nilo Azul busquen refugio en Sudán del Sur.

La violencia también siguió en Sudán del Sur, que desembocó en una guerra civil abierta a raíz de un rebrote del conflicto en diciembre de 2013. Desde su independencia, en 2011, se estima que entre 50.000 y 100.000 personas han muerto y que más de dos millones están actualmente desplazadas. Una amenaza nueva y de largo plazo se ha traducido en que un tercio de la población de Sudán del Sur se enfrente a la escasez de alimentos.

"Yo crecí en la guerra, pero el peor reto al que me he enfrentado ha sido durante la más reciente. Yo vivía en Malakal cuando los combates llegaron hasta mi hogar en enero. Incendiaron mi casa. Al día siguiente me encontré a los rebeldes armados en las ruinas de casa. Tenían la edad de mi hijo y querían tomarme como esposa", dijo Lucía.

"Me las arreglé para escapar. A pesar de que ya no queda nada de mi casa, mi vida siguió. Tengo vecinos que lo perdieron todo, incluyendo a sus seres queridos. Tuve suerte", dice Lucía, mostrando lo único que queda de su casa: una foto en su teléfono móvil.

Las historias de las personas que sobreviven a este conflicto están llenas de esperanza en medio de la desesperación. Al otro lado de las líneas étnicas, religiosas y regionales, y a pesar del tremendo sufrimiento que se ha convertido en la norma, el anhelo de la educación, sobre la base de una fe inquebrantable en un mañana mejor, aún persiste.

El Servicio Jesuita a Refugiados ha estado respondiendo a este llamado para la educación de los refugiados y desplazados desde 1992. El JRS puso en marcha primero escuelas en los campamentos de refugiados en el norte de Uganda, y más tarde amplió su trabajo para aumentar el acceso a la educación en cuatro asentamientos en el sur de Sudán.

Flora fue una de las refugiadas que huyeron a Uganda, donde residió y recibió educación entre 1992 y 1996. En la actualidad trabaja como asistente del coordinador de educación del JRS en Maban. El JRS ha estado atendiendo a los refugiados que se han trasladado a la comunidad de Maban desde el estado del Nilo Azul, en Sudán, así como a la comunidad local y la desplazada, con programas de formación de docentes, alfabetización de adultos y actividades psicosociales, entre otros servicios.

"Los refugiados están traumatizados, han sido expulsados de sus hogares, y sin ayuda y protección watvivirán en la inseguridad, y nunca se sentirán como en casa. Pero si pueden acceder a la educación tendrán la esperanza de que sus vidas mejoren cuando llegue la paz. Van a marcar la diferencia", dijo Flora.

El JRS también está trabajando para extender la educación a Yambio, Sudán del Sur, mediante la capacitación de los maestros, aumentando el acceso a la educación para las niñas, y construyendo escuelas para los repatriados y las poblaciones de desplazados.

Las operaciones en ambos lugares se hacen, en el mejor de los casos, con lo mínimo. Sudán del Sur se ubica entre los cinco países más peligrosos del mundo para los trabajadores humanitarios. En Maban, el equipo del JRS fue evacuado dos veces en 2014, y sufrió nuevas amenazas de violencia en 2015. Yambio, que era relativamente tranquila, recientemente sufrió un conato de violencia que causó nuevos desplazamientos internos.

En ambas áreas, sin embargo, el JRS mantiene su compromiso de ofrecer espacios para que niños y adultos aprendan, algo básico para fomentar la esperanza de un futuro mejor.

Para promover esta visión, el JRS pronto ampliará su proyecto en Maban haciéndose cargo de un centro de formación profesional que estuvo ocupado hasta hace poco por fuerzas armadas. En este centro del JRS quieren ofrecer clases de inglés, formación profesional e informática - y, cuando sea posible, se pondrá en marcha el programa Jesuit Commons: Educación Superior en los Márgenes, una iniciativa de educación universitaria online.

Además, el JRS pondrá abrirá una guardería en un campo de desplazados cerca de la capital, Juba, poblado en su totalidad por mujeres y niños, donde no hay ningún tipo de escolarización. A principios de 2016, el JRS tiene previsto volver a trabajar en Adjumani, Uganda, donde, primero, rehabilitará las instalaciones de la escuela secundaria y, luego, cubrirá las carencias educativas. El impacto que han tenido programas de este tipo se evidencias en personas como Lucía y Flora, que fueron educadas mientras estaban en el exilio en los últimos años.

"Sin educación la gente realmente sufre. Esta guerra es por el analfabetismo. Si estas personas hubieran recibido educación nunca se habría llegado a este punto. Educar a una generación más joven va a traer la paz a Sudán del Sur", dijo Lucía, quien a pesar de sus circunstancias difíciles pudo estudiar para ser asistente sanitaria y ahora trabaja como almacenista en una farmacia en uno de los puestos de salud de una ONG.

El director del proyecto del JRS en Maban, Pau Vidal SJ, está de acuerdo.

"Debido a la guerra y al desplazamiento, la mayoría de los sudaneses del sur no han tenido acceso a la educación ni han podido comprender las razones del conflicto... por lo tanto, ha sido muy fácil para las élites - tanto del norte como del sur – manipular a la gente, y enviarla al campo de batalla a morir, a ser sacrificados sin ninguna razón real. Así que espero que, si somos capaces de invertir en la educación, el futuro podría ser más brillante, ya que habría una población que no estaría tan dispuesta, como hasta ahora, a coger un arma y matar a otras personas", dijo el P. Pau.

Mientras que el gobierno de Sudán del Sur ha dedicado la mayor parte de sus recursos económicos a financiar esta guerra, se ha olvidado de los niños de su país, no proporcionándoles ni siquiera la educación básica a la gran mayoría. Solo en el estado de Alto Nilo se calcula que un 63 por ciento de las escuelas están ocupadas por fuerzas militares, y muchas veces los profesores pasan meses sin percibir sus salarios.

"Los maestros están solos, no tienen el apoyo del gobierno... Tenemos que ayudarlos, empoderarlos, esta es la esperanza de la educación en Maban", dijo Àlvar Sánchez SJ, coordinador de educación del JRS en Maban.

Como consecuencia de los combates y la falta de apoyo, Sudán del Sur tiene la tasa de analfabetismo más alta del mundo. Solo el dos por ciento de todos los niños y niñas que deberían asistir a la escuela secundaria están matriculados. Y los que sí van a la escuela suelen ver interrumpidos sus estudios por la inseguridad persistente y la grave escasez de alimentos. Durante dos años consecutivos, los estudiantes de primaria no pudieron realizar los exámenes de grado nacionales en Alto Nilo. Finalmente lograron hacerlo en 2015; sin embargo, esos exámenes se quemaron en Malakal, uno de los centros de la reciente violencia, dejando a una generación de niños y niñas con sus sueños de completar la escuela primaria, literalmente, hechos cenizas.

"La seguridad es un gran problema, nadie está a salvo. Cada dos meses, aproximadamente, la violencia interrumpe la escuela y los estudiantes dejan de venir a clase. Los niños y las niñas carecen de lo básico para estudiar: los libros, por ejemplo. No hay suficiente comida ni agua potable. Esto es esencial para convertirse en un buen estudiante", dijo Abuolela, refugiado y profesor en Maban. Él es uno de los 100 maestros de primaria formados por el JRS en inglés, metodología de la enseñanza y otros temas.

A pesar de las dificultades, estos maestros refugiados hacen de la educación su manera de protestar ante la injusticia.

"Quise ser maestro porque quiero ayudar a los niños y niñas y conseguir que una generación salga adelante... Cuando enseño y veo los logros de mis estudiantes me siento feliz porque sé que van a conocer sus derechos", dijo Leila, otra refugiada y profesora en Maban.


"Si nuestros abuelos hubieran recibido educación y hubieran educado a sus hijos, no tendríamos los problemas que tenemos hoy. No estaríamos aquí como refugiados", añadió.

Esta violencia cíclica es probable que se transmita a las generaciones futuras, si la educación sigue siendo un sueño lejano para la mayoría. Según UNICEF, el 70 por ciento de los niños y niñas de entre seis y 17 años de edad de Sudán del Sur nunca ha pisado un aula y 9.000 niños y niñas han sido reclutados por diversos grupos armados.

Además de aumentar el acceso a la educación, el gobierno de Sudán del Sur debe priorizar a largo plazo la paz estructural si quiere reducir la violencia brutal, la actual inseguridad alimentaria y el desplazamiento de millones de personas.

La firma del nuevo acuerdo de paz en agosto, que obliga a un cese inmediato de las hostilidades, al reparto del poder político, y a llevar ante la justicia las atrocidades cometidas mediante una comisión de la verdad, la reconciliación y la sanación, es un paso en la dirección correcta. Sin embargo, los líderes de ambas partes tienen que comprometerse a implementar este acuerdo si, realmente, quieren proteger vidas. Son demasiados los acuerdos de paz y de alto el fuego que no se han respetado.

"El trabajo al que se enfrenta la comunidad humanitaria - así como los líderes de Sudán del Sur - es inmenso. La paz duradera es una necesidad urgente para que se garantice el cultivo de alimentos, para que los estudiantes puedan aprender, para poder salvar vidas y que la gente pueda regresar a sus hogares", dijo Beatrice Gikonyo, responsable de advocacy del JRS África Oriental.

Aunque las agencias humanitarias y la comunidad internacional se han movilizado para ayudar a mitigar los efectos de la violencia en Sudán del Sur, esto no ha bastado para asegurar que la mayoría reciba una nutrición, educación o protección adecuadas. Al Programa Mundial de Alimentos aún le faltan 163,4 millones de dólares de lo que pidió para 2015, lo que le ha obligado a reducir en un 30 por ciento las raciones de alimentos para los refugiados, mientras que otros organismos no pueden seguir el ritmo de las crecientes y apremiantes necesidades de las personas que viven en la desesperación.

El Servicio Jesuita a Refugiados continuará destinando sus recursos y poniendo todos sus esfuerzos de advocacy para ayudar a paliar los efectos a largo plazo de este conflicto mejorando las actividades educativas en Sudán del Sur. Las escuelas proporcionan la estabilidad que los niños necesitan para superar las pérdidas, los miedos, el estrés y la violencia que experimentaron durante los tiempos de crisis. Estar en la escuela puede mantener a los niños seguros y a salvo de riesgos, incluidos la violencia de género, el reclutamiento en grupos armados, el trabajo infantil y el matrimonio precoz.

La educación también puede contribuir a la consolidación de la paz y a fomentar el desarrollo de comunidades más resilientes y cohesionadas. Con acceso a una educación de calidad, un niño o una niña pueden alcanzar su propio potencial y contribuir plenamente al crecimiento, la fortaleza y la estabilidad de su sociedad.

El acceso a las escuelas y a la educación de calidad es una prioridad urgente para todos los niños, niñas y jóvenes afectados por la guerra, ya que es un derecho humano básico y es fundamental para un futuro mejor para sus comunidades. Por estas razones, el JRS defiende el derecho fundamental a las oportunidades de educación en las emergencias y a largo plazo y pide mejorar el acceso a la escolarización de los niños, niñas y jóvenes afectados por la guerra.

Recomendaciones del JRS para la acción:

  • Las partes en conflicto de Sudán del Sur deben iplementar el acuerdo de paz de agosto de 2015, y restaurar la estabilidad necesaria para garantizar un futuro seguro para el pueblo de Sudán del Sur, incluido el acceso a derechos humanos básicos, como es el acceso a la educación.
  • La comunidad internacional debe trabajar para asegurar que se proporcionen los recursos adecuados y que estos sean debidamente canalizados en la construcción de las estructuras administrativas y las infraestructuras necesarias que permitan el desarrollo y mantenimiento de los servicios para el pueblo de Sudán del Sur. Esto incluye brindar una financiación duradera para las actividades de organismos internacionales, como la Agencia de la ONU para los Refugiados, el Programa Mundial de Alimentos, y la UNMISS (Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en la República de Sudán del Sur), hasta que el gobierno de Sudán del Sur pueda asumir toda la responsabilidad de la seguridad y el bienestar de la población.
  • El gobierno de Sudán del Sur debe hacer una inversión a largo plazo en la educación de calidad que reúna a niñas y niños de diversos grupos étnicos, garantizando el pago regular de los salarios de los maestros, la preservación y el mantenimiento de las escuelas y que un monto adecuado de fondos gubernamentales se asigne a la educación, sobre todo secundaria y universitaria.
  • Las agencias humanitarias internacionales gubernamentales y no gubernamentales deben proteger a los desplazados internos que viven actualmente en asentamientos informales, insalubres y sin apenas acceso a los alimentos o al agua, especialmente deben proteger a los niños y niñas que están en riesgo de reclutamiento militar o de violencia sexual.