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Parramatta, 6 abril 2018 – Después de llegar a Australia, Esther* tuvo que enfrentarse a la falta de recursos económicos y la inseguridad alimentaria. Una amiga suya le sugirió que contactara con el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) y le dio un número de teléfono al que llamar.

Poco tiempo después, Esther recibió una llamada telefónica del mismo número que su amiga le había dado: era el JRS invitándola al Centro Comunitario Arrupe de Parramatta, un suburbio de Sídney.

Como era nueva en el área y no estaba familiarizada con el transporte público, Esther no sabía qué hacer, si tomar un tren o un autobús, así que, al final, su amiga fue quien la llevó.

Esther recuerda con cariño su primera visita al Centro Comunitario Arrupe: "El JRS me acogió muy bien... como a un miembro más de la familia. Me invitaron a sentarme con ellos a tomar una taza de café y unas galletas".

Recuerda lo feliz que se sentía y recuerda que incluso se puso a llorar al darse cuenta de que en el centro se sentía como en casa de su madre, aquel lugar donde la cuidaban y querían.

Ya no se sentía como una refugiada, era una mujer entre amigos y familiares.

El banco de alimentos del centro apoyó a Esther con alimentos y otros artículos como almohadas, mantas y ropa. No podía creer que los trabajadores del banco de alimentos le dijeran que estarían encantados de que volviera cada semana a buscar lo que necesitara.

Cuando se le pregunta por qué el JRS trabaja acompañando a los refugiados y otras personas desplazadas como ella, su respuesta es simple: "Creo que lo hacen porque aman a la gente"."Los voluntarios – continúa – son personas maravillosas".

Aparte de ayudarla económicamente y con alimentos, el JRS en Parramatta la derivó a los servicios de salud del área, proporcionándole un plano con las indicaciones para llegar al consultorio médico.

Esther también cursó clases de inglés en el centro. Dice que su maestra fue paciente y cree que ni siquiera en la escuela regular le hubieran dado una educación en inglés como la que recibió en el JRS.

Hoy, sigue hablando del amor especial que los voluntarios del JRS transmiten en el centro: "El amor significa que me acogen. Me preguntan cómo me siento".

Es este amor lo que transforma al Centro Comunitario Arrupe del JRS en un espacio que te hace sentir como en el hogar, un lugar agradable, amistoso y acogedor.

El trabajo del centro sería imposible sin la dedicación de los voluntarios. De hecho, todos los programas basados en la comunidad en el centro están a cargo de un grupo de más de 50 voluntarios.

Cada voluntario decide hacer una cosa por los inmigrantes y los refugiados, algo que pueda hacer: enseñar inglés, dar un abrazo o, simplemente, ofrecer una taza de té.