via todas las campanas


El P. Thomas H. Smolich SJ con Carolina Gottardo, directora del JRS Australia (izquierda), el P. Bambang Sypayung SJ, director del JRS Asia Pacifico (izquierda), Vincent Long Van Nguyen, Obispo de Parramatta (centro) y Maeve Brown, Coordinadora del Arrupe Place en Parramatta (derecha).

Sidney, 31 de agosto de 2017 - El domingo pasado (27 de agosto de 2017), el P. Thomas H. Smolich SJ, director internacional del JRS, asistió a la presentación del largo recorrido anual de la Diócesis de Parramatta, en Australia. Este es su discurso de apertura.

Me siento honrado de estar con ustedes al inicio del año de "Caminar con los Refugiados". El JRS comenzó en 1980 como respuesta a la crisis de los refugiados vietnamitas. Nuestro objetivo es acompañar, servir y defender a los desplazados forzosos.

Para comenzar, les invito a imaginar que están con la Santísima Trinidad, mirando el mundo de hoy. ¿Qué ve nuestro amoroso Dios?

Indudablemente las personas de la divinidad se darían cuenta de que por lo menos 65 millones de nuestros hermanos y hermanas están en movimiento: son los refugiados que dejaron sus países de origen, y los desplazados obligados a huir dentro de sus propios países. Estos 65 millones son 2,5 veces la población de Australia.

Permítanme mencionar algunas otras realidades de estas hermanas y hermanos.
- Solo el 50% de ellos recibe educación primaria, apenas el 25% tiene acceso a la educación secundaria y menos del 1% entra en la educación superior... Imaginen el desperdicio del potencial humano que suponen esas cifras.
- Su permanencia promedio en un campamento de refugiados es de 17 años: no 17 meses, 17 años.
- En 2016, un promedio de 28.300 personas fueron desplazadas cada día... ¡todos los días! El año pasado, 10.3 millones de personas se vieron, nuevamente, desplazadas; aproximadamente un tercio de ellas se vieron obligadas a abandonar sus propios países.

Los números no tienen ni nombre ni rostro. Es importante para nosotros traer a nuestras mentes y corazones una persona, una historia.

Fátima, su marido Sameer, y sus dos hijos vivían en Damasco, Siria. Ella trabajaba en una tienda, y él ejercía como guía turístico para los visitantes italianos, un trabajo que terminó en 2011, cuando comenzó la guerra. Tuvieron que irse dos años más tarde porque su apartamento estaba en la línea de fuego entre el ejército gubernamental y los grupos rebeldes, lo que puso fin a su trabajo. Volvieron a huir cuando la escuela de sus hijos se convirtió en el blanco del fuego de mortero. Finalmente, sin ingresos, no encontraron un lugar seguro, y temían que cuando sus hijos llegaran a la mayoría de edad, serían reclutados por alguno de los ejércitos. Salieron de Siria en 2015, llegaron a Roma, y los conocí a través del Centro Astalli, un programa de acogida del JRS Italia. Fátima y otros 10 millones de sirios no pueden disfrutar del derecho humano básico de la seguridad. ¿Quién puede culparlos si quieren encontrarlo en otro lugar? ¿No haríamos lo mismo?

Hay muchas maneras de analizar la realidad global de los refugiados y preguntar por qué no somos capaces de resolver la situación. Podemos abordarlo desde una perspectiva de derechos humanos, ver marcos legales, analizar modelos económicos, ofrecer análisis políticos. Todos ellos son válidos y nos brindan ideas importantes.

Sin embargo, quiero sugerir que el problema es fundamentalmente espiritual. No es un problema religioso - esto no va de cristianos o musulmanes - sino que se trata de algo profundamente espiritual, de lo que somos como seres humanos. Como sociedades, todos luchamos con miedo y ansiedad, y para decirlo en una frase, estamos rodeados de "incendiarios de miedo".

El miedo es una realidad humana. Cada uno de nosotros tiene sus propios temores, situaciones o personas que nos ponen en un estado de incomodidad o aprensión. Hay cosas que temer. Aunque las acciones terroristas en el mundo son estadísticamente raras, su aleatoriedad -los recientes acontecimientos en Barcelona, un plan de ataques con bomba frustrados en Sydney - es aterradora.

Nuestros temores – ya sean reales y legítimos, o desproporcionados e irrealistas - nos impactan. Para muchos, el miedo puede cruzar la línea de la ansiedad, un sentimiento de preocupación por algo con un resultado incierto. A grandes rasgos, la ansiedad ocurre cuando una reacción es desproporcionada con lo que se podría esperar normalmente en una situación.

La ansiedad se ha convertido en una respuesta dominante a refugiados y migrantes. Estamos desproporcionadamente asustados ante lo que "ellos" nos harán. Algunos temen por su "modo de vida" cuando imaginan a los refugiados musulmanes en sus tierras, o se preocupan por su seguridad personal cuando son "sobrepasados" por los migrantes. Las comunidades con dificultades económicas los ven como "aquellos que me quitarán lo poco que tengo". Los políticos actúan como incendiarios del miedo, explotando las ansiedades para obtener ganancias electorales. Aquí ya no les estoy hablando de Australia; pienso en mis propios Estados Unidos... pero podría decirse en Gran Bretaña, Kenia, India, Australia, etc.
Un análisis racional pone en tela de juicio estas ansiedades. Hablar de una "crisis" global de refugiados es una exageración. En el Líbano, un país de 4 millones de personas, más de un millón, uno de cada cuatro, son refugiados sirios. Australia permite la entrada formalmente a 19.000 refugiados al año.

Serían necesarios millones para ponernos al nivel del Líbano. Para que Estados Unidos alcanzara ese nivel, tendría que acoger a 80 millones de refugiados; Europa, 145 millones. El Líbano tiene una crisis; Australia y otros países sufren ansiedad por los refugiados, una respuesta irracional a preocupaciones legítimas.

La ansiedad es un espíritu o perspectiva nada recomendable para tomar decisiones, porque es un estado en el que se carece de libertad. Cuando tenemos miedo, no vemos bien la realidad. Cuando estamos ansiosos, no podemos pensar más que en el objeto de esa ansiedad.

En la espiritualidad de San Ignacio de Loyola, el fundador de los jesuitas, la ansiedad es un “apego”, algo que nos impide ver la realidad como es. Los apegos se interponen en el camino de la libertad de ver el mundo como Dios lo ve, tal como la trinidad nos ve cuando mira el mundo. La ansiedad nos paraliza: conduce al aislamiento, a la desconfianza y a la actitud de "nosotros contra ellos", y los incendiarios hacen su agosto. Esto es fundamentalmente un asunto espiritual.

El miedo y la ansiedad nos impulsan a buscar seguridad; pero las soluciones basadas en el miedo suelen carecer tanto de perspectiva que la seguridad deseada es fundamentalmente una ilusión. El cierre del Mediterráneo, la frontera sur de los Estados Unidos o las vías marítimas de Australia a los refugiados puede parecer que garantiza la seguridad nacional. ¡Qué ingenuo es pensar que las condiciones de guerra en Siria o la difícil situación de las minorías religiosas como los rohingyas [de Birmania] no seguirán forzando a su gente a buscar una vida mejor! Las decisiones basadas en el miedo y la ansiedad no dan respuesta a las necesidades de nuestras hermanas y hermanos que necesitan seguridad y protección.
 
La primera carta de Juan nos ofrece una respuesta. En el capítulo 4 versículo 18 Juan escribe: "En el amor no hay lugar para el temor; el amor perfecto expulsa el miedo". Esto puede parecer mucho pedir, y tenemos que ser realistas y aceptar que nuestro amor nunca será perfecto. Pero creo que la invitación es clara: una postura de amor, una postura de apertura hacia el otro impedirá que el miedo domine nuestras decisiones. Así que sin miedo, ¿entonces qué? ¿Cómo puede nuestro admirable amor imperfecto ayudarnos a mirar como la Santísima Trinidad hace a los 65 millones de refugiados de todo el mundo?

El camino es conocer a los refugiados y migrantes como seres humanos, dándonos cuenta de que nuestras historias tienen más en común de lo que nos separa.

Permítanme presentarles una historia de Afganistán. Como soldado que combatía a los talibanes, Ahmed y su familia fueron amenazados varias veces antes de huir a Pakistán. Al no encontrarse tampoco a salvo allí, Ahmed optó por venir a Australia. Había luchado junto a tropas australianas en Afganistán, por lo que pensó que sería bienvenido. Pero llegó en barco en 2013 y quedó atrapado por la política de seguridad / disuasión nacional vigente desde 2012. Ahora forma parte del "legado de expedientes" para la fecha límite del 1 de octubre, e incluso si su caso es aprobado, necesitará un nuevo visado de aquí cinco años. Solo entonces tendría la posibilidad de traer a su esposa y a sus hijos a Australia.

¿Qué tienen que ver estas historias con nosotros? Ójala establezcan una conexión humana y disminuya el espíritu de ansiedad en nosotros. Tal vez este encuentro pueda dar lugar a una acogida, a una extensión de la solidaridad en la que veamos a Cristo en los otros.

No digo que esta acogida sea fácil, ni que todo el mundo tenga derecho a vivir en Australia o en cualquier otro lugar. Lo que sugiero, sin embargo, es que un espíritu de bienvenida es el antídoto contra la ansiedad. La Biblia está llena de historias de acogida que son duras y a la vez vivificantes, desde José que acogió a los hermanos que planearon matarlo, al buen samaritano que es vecino del judío herido al borde de la carretera, a la más fundamental de las historias del evangelio, Mateo 25: Yo era un extraño y me acogisteis. La bienvenida es el antídoto para la ansiedad.

No puedo terminar esta charla sin referirme al Papa Francisco, actualmente el líder más respetado del mundo y un infatigable defensor de los refugiados.

En febrero, el Santo Padre pronunció un discurso en el que decía que debíamos utilizar cuatro verbos en primera persona, singular y plural, es decir, yo y nosotros debemos acoger, proteger, promover e integrar a refugiados y migrantes entre nosotros. En última instancia, convertirse en "yo y nosotros" exige sanación, aprendizaje y un duro trabajo juntos. Es una curación de nuestro espíritu personal y comunitario, aprendizaje mutuo, amor puesto en acción, que cambia las maneras en que pensamos y sentimos.

Creo que las parroquias y las comunidades de fe son el hogar ideal para esta obra de bienvenida. Lo veo en todo el mundo: parroquias que ofrecen un hogar a una familia de refugiados o a dos, como sugirió el Papa Francisco hace un año; comunidades involucrando a los representantes gubernamentales en las necesidades de refugiados y migrantes. Australia tiene un espíritu fundamental de bienvenida en la cultura. Los incendiarios del miedo no tienen un hogar natural aquí ni en el espíritu humano.

Hoy los invito a formar parte del "nosotros" del que habla el Papa Francisco, los que acogemos, protegemos, promovemos e integramos a personas como Ahmed, Fátima y sus familias.
Permítanme cerrar con una imagen de la reciente charla TED del Papa Francisco:

"... el futuro está, sobre todo, en manos de aquellas personas que reconocen al otro como un "tú" y a ellos mismos como parte de un" nosotros". Todos nos necesitamos los unos a los otros”.

Gracias.

- Thomas H Smolich SJ, Director Internacional del Servicio Jesuita a Refugiados