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Majeda y su familia (El Servicio Jesuita a Refugiados Siria)

Jaramana, 17 de marzo de 2017 – Vivían en el área Damasco Rural, no muy lejos, y tenían una vida confortable: eran una joven pareja con tres hijos. Él con un trabajo seguro, ganándose su salario, pudiendo dar a su familia algo más que las comodidades básicas de la vida. Ella esperaba estudiar la carrera de derecho cuando sus hijos terminaran sus estudios.

Pero, de repente, una noche de enero de 2012, sus sueños se desvanecieron. Bombas y disparos a su alrededor. Sin pensarlo, huyeron de su casa y de su pueblo, Babila, sin saber a dónde ir ni qué hacer. Pasaron la fría noche a la intemperie. Su hijo, Muhammad, tenía solo cinco días. A la mañana siguiente, con gran dificultad se pusieron en camino hacia otro pueblo donde vivían algunos de sus familiares. Y aunque allí encontraron refugio durante algún tiempo, tuvieron que mudarse de nuevo, porque sus familiares no podían mantenerlos.

Un camino penoso, la lucha por sobrevivir, fue su destino durante semanas. Finalmente, llegaron a Jaramana, una ciudad 10 km al este de Damasco. Cuando Majeda cuenta todo por lo que ella y su familia pasaron, sus palabras transpiran dolor, pero sin ese rencor o amargura que legítimamente podría mostrar. Al contrario, sus ojos brillan mientras mira a sus tres hijos que se acurrucan junto a ella.

El apartamento en el que ahora viven es oscuro y cochambroso. Ellos fueron "afortunados" al poderlo alquilar a uno de los constructores sin escrúpulos de Jaramana. Edificios como los suyos se han multiplicado por los alrededores, albergando a miles de desplazados internos de las zonas del norte de Siria y de las aldeas alrededor de Damasco. Las ventanas están cubiertas con láminas de polietileno, y no hay electricidad, agua o saneamiento. Sin embargo, Majeda y su marido están contentos por tener, al menos, un techo sobre sus cabezas.

Cuando llegaron por primera vez, fue el JRS, dice ella, quien les ayudó proporcionándoles mantas, cestas de comida y otros insumos básicos para poder seguir adelante. Afortunadamente, su esposo, Ammar, también pudo conseguir un trabajo seguro en el JRS. La vida es un poco más soportable ahora, y Majeda mira hacia el mañana con esperanza.

“Siempre quise ser abogada”, dice. “Terminé mi bachillerato, y llegó el momento de casarme. Cuando me encuentro a otras mujeres, y escucho por lo que están pasando, desearía poder luchar en su nombre legalmente. Tal vez ahora sea demasiado tarde para mí. Quizás mi hija, Amal (8 años), sea abogada”. Sin embargo, Amal, tímida como es, mueve la cabeza con vehemencia y dice "no". "Bueno, responde Majeda, entonces cuando pueda, en unos años, me pondré yo a estudiar derecho". Omar (11 años), su hijo mayor, es un poco más circunspecto cuando se le pregunta qué le gustaría ser en el futuro.

"Médico – dice - porque me gustaría ayudar a las personas que están enfermas o heridas". Muhammad, ahora de cuatro años, se limita a sonreír durante la conversación; habiendo nacido en el apogeo del conflicto, hasta ahora no ha sabido qué es una infancia "normal".

Para Majeda, vivir en Jaramana no es fácil. La ciudad está llena de refugiados: palestinos, iraquíes y otros. Se calcula que en estos seis años de guerra civil en Siria se han generado casi 6 millones de desplazados internos, de los que un buen porcentaje ha buscado refugio en Jaramana. Los recién llegados son presas fáciles de los veteranos por cualquier motivo. La gente suele sospechar de los demás. Los desplazados internos desconfían de los que llevan aquí más tiempo. Hay colas separadas para comprar pan: una para los residentes, la otra para los desplazados internos (que es mucho más larga).

Ya sea haciendo cola para comprar el pan o llevar a sus hijos al centro de estudio, Majeda se lo toma todo con calma. Puedes ver las cicatrices de la guerra en su rostro, pero también un resplandor: la convicción de que las ascuas de la esperanza, suavemente avivadas, de repente se transformarán en un nuevo y mejor mañana.

 - P. Cedric Prakash sj