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(Denis Bosnic/Jesuit Refugee Service)

19 de enero de 2017 - No quiere que su cara aparezca en fotografías ni ver su verdadero nombre impreso en negrita en páginas de periódicos desconocidos e impensablemente lejanos. Pero Halwo* quiere que la gente sepa, que conozca las vidas de esas otras personas que están aquí, presentes y trágicamente olvidadas. Cuando habla de sus hijos, especialmente de Amiin, sus ojos se humedecen y no puede contener las lágrimas. Halwo, mujer somalí, no está segura si enviudó o no, no sabe cuál ha sido el destino de sus hijos, ni qué fue ni que será de ellos. Sentada en una anodina oficina a un tiro de piedra de los ríos de tráfico que fluyen a través de las venas de esta megalópolis asiática, en medio de un paisaje de hormigón y puentes peatonales suspendidos en el aire, todo le resulta extraño, algo que va más allá de lo que hubiera podido imaginar cuando pastoreaba cabras en las áridas llanuras de su país. Midiendo cada una de sus palabras, me cuenta los días que desembocaron en su huida.

Nacida en lo profundo de las castigadas tierras bajas somalíes, Halwo nunca antes había visto, ni siquiera en fotografías, una ciudad tan grande como esta. "La gente es agradable, pero no sé cómo vivir aquí. Todo es tan extraño: el idioma, la comida, las calles. Cuando llegué, no podía comer nada, ni siquiera sabía qué había en esos platos. Hay mucho ruido, muchas luces, pero no hay ningún otro lugar para mí ni para mi hijo menor".

Ahora, a los 37 años, está reaprendiendo, desde cero, a caminar su propia vida en una ciudad tan desorientadora como ellos lo están, desafiando incluso a los nacidos en su vientre caótico. Hablando con ella, instintivamente entiendo que, de haber nacido en un país que le hubiera brindado oportunidades, su inteligencia la habría llevado lejos. Es gracias a sus ojos, de un tono oscuro de verde, que lo comprendo: constantemente brillan con destellos de comprensión a pesar de que hablamos idiomas diferentes, incluso a pesar de compartir apenas unas pocas, aunque valiosas, nociones culturales.

Después de la muerte de su madre, Halwo se encontró que no tenía un hogar propio y que nadie la quería, al menos hasta que nació su primer hijo. "Me enviaron a la casa de mi tía, que nunca fue buena conmigo. Yo era la responsable de cuidar las cabras, pero como era demasiado joven y algunas se perdieron recibía gritos, tareas extras... Y, a los 16 años, mi tía me dijo que me casara con un primo. En aquel tiempo, yo quería a mis cabras más que a cualquier otra cosa, me recordaban los tiempos en que las pastoreaba con mi madre".

A pesar de que el matrimonio ya había sido concertado y la obligaron a ello sin que ella pudiera opinar sobre el asunto, con el traslado a una nueva casa le llegó un nuevo grado de libertad. Uno tras otro, dio a luz a cuatro hijos y entre las rutinarias tareas domésticas, Amiin, el mayor, fue una fuente de alegría en su vida. "Podía pedirle cualquier cosa y él la hacía, se responsabilizó de muchas tareas del hogar por mí. Y cuando creció, comenzó a pastorear las 40 cabras que heredé de mi madre. Las cuidaba y las llevaba lejos, tratando de encontrar los mejores pastos; eran una alegría para él como antaño lo fueron para mí".

Por mucho que lo deseara, en Somalia rara vez se vive aislado. Su marido, capaz de convertir un pedazo de tierra árida en un jardín resplandeciente de arroz, frutas y mijo, algo que hacía una temporada de lluvias tras otra, provocó la ira de sus vecinos que lo miraban envidiosamente desde sus colindantes áridos campos. No pasó mucho tiempo antes de que un corpulento vecino nos hiciera una visita y acusara a la familia de echar una maldición sobre sus cosechas.

No hay que tomarse a broma las supersticiones en la Somalia rural, y mucho menos cuando se usan políticamente. Halwo y su marido nacieron en un pequeño clan somalí llamado Arainale, del que eran sus únicos miembros en la aldea. La mayoría de los aldeanos eran del clan Hawiye y, su vecino, consciente de que las dinámicas de poder le daban una ventaja, aprovechó la oportunidad.

"Él nos dijo que si no nos íbamos de nuestra casa, si no le entregábamos nuestra granja, nos mataría. No le creí, pero yo estaba asustada y obligué a mi esposo a ir a hablar con los ancianos de la aldea. No quisieron escucharnos, eran de una tribu diferente y creían a su propia gente más que a nosotros... Visitamos muchos hogares, pero nadie quería hablar con nosotros sobre nuestro problema... Finalmente desistimos y confiamos en que las palabras de nuestro vecino serían solo eso, palabras".

Unas semanas después de que el hombre hiciera su primera visita, el marido de Halwo regresó del campo más temprano de lo habitual. No entró en la casa, iba arrastrándose. Su pierna estaba rota y no fue hasta que le insistieron, que admitió haber sido golpeado con herramientas agrícolas por el vecino y un grupo de amigos de este. "Era una advertencia, deberíamos haber escuchado. Traté las heridas de mi esposo, le curé la pierna y después de muchas semanas pudo volver a caminar otra vez. Su pierna no quedó igual, pero pensó que estaba lo suficientemente bien para ir al campo y trabajar de nuevo.

"Aquel mismo día, mi marido encontró a unos desconocidos en nuestro campo, le dijeron que huyera con toda la familia, o que no viviríamos para ver el mañana. Iban armados. Ese mismo día decidimos irnos de nuestro hogar y esperar a que se fuera la mala suerte.

Halwo empacó algo de ropa, algunas provisiones y dijo a su hijo que reunirá las cabras; salieron hacia una tierra de nadie en medio del desierto. Nadie quería ese pedazo de tierra por una razón: no había agua, ni siquiera un atisbo de verde, y, al parecer, sujeto a unas interminables tormentas de arena. Tener que caminar 30 kilómetros para ir a buscar agua y más lejos aún para encontrar pastos para las cabras y vivir en una tienda de campaña azotada por el viento en medio de ninguna parte hizo que su vida ya no tuviera nada que ver con la que tuvieron. "No podía creer que lo perdiéramos todo y que a los demás no les importase la injusticia".

Pasó un año y tanto ella como Amiin, su hijo mayor, vieron como su rebaño de 40 cabras se reducía a solo cinco frente a sus ojos. "Nos vimos obligados a vender unas cuantas y luego a comernos las demás, sin tiempo para que criaran; la herencia de mi madre había desaparecido y el corazón de Amiin estaba roto".

Era o morir de hambre en el desierto o volver a la aldea para ver si la situación había cambiado. Decidieron aprovechar su oportunidad. Su granja había sido abandonada y el campo estaba sin cultivar. "Yo confiaba en que el hombre viera que mientras no estábamos en casa, sus cosechas tampoco crecían y que no era nuestra culpa que su campo fuera estéril. Me alegré de ver la granja abandonada, pensé que significaba que ya no estarían interesado en nosotros nunca más".

Al día siguiente, la canción que Halwo cantaba mientras lavaba los platos y trataba de poner en orden su polvoriento hogar, quedó interrumpida por un disparo. A pesar de sentir sus piernas paralizadas por el miedo, salió de la casa y corrió hacia los huertos a un kilómetro de distancia. Amiin yacía entre las viejas hojas secas del maíz del año pasado, con la boca abierta, ahogándose, con la cabeza reventada por donde se suponía que estaba su sien.

Murió allí mismo, con solo 13 años, en los brazos de Halwo. El dolor de ambos debió ser angustiante.

Por más que lo intentó, no pudo arrastrar su débil cuerpo hasta la casa; se sentía mareada temiendo por sus otros dos hijos. Volvió corriendo a la casa y encontró al más joven, Mustafá, sentado en la esquina. Lo agarró de la mano y salió corriendo por la puerta principal buscando a su otro hijo, para encontrar a su marido. Recorrió todo el pueblo, suplicando ayuda. No se abrió ninguna puerta, no se oyó ninguna voz, súplicas sin respuesta.

Frenéticamente, corrió de regreso a casa donde se encontró con la puerta abierta y ruidos que salían del interior. Sin hacer ruido, mirando a través de la ventana, vio al vecino que sostenía a su marido por el cuello de su camisa. Aterrada, se escondió bajo el alféizar de la ventana y, sin saber por qué, huyó de la escena.

Esa fue la última vez que vio a su marido. Y a sus dos muchachos desaparecidos.

No había tiempo para pensar nada. Halwo no tenía dinero y solo conocía a una sola persona que podría ayudarla: su amiga, Abyan, con quien solía jugar al girir cuando era joven. Ella se dejó ganar en muchas ocasiones, permitiéndole lanzar las piedras más arriba que las suyas, y ahora Halwo esperaba que le compensase su bondad con un lugar donde esconderse y algo de tranquilidad para su cabeza. Lo último que sabía era que Abyan vivía en una ciudad más grande, a casi cien kilómetros a pie. Después de dormir al raso una noche, tomó a Mustafá de la mano y se dirigieron hacia la ciudad.

Halwo se quedó durante un mes en la casa de Abyan. Ella sabía que esto no podía durar: la gente de la aldea iba a la ciudad a comprar lo que no siempre se encontraba en su mercado. A la tercera semana, Abyan oyó a un hombre que preguntaba por Halwo. "No pude quedarme en su casa, la gente habla y todo el mundo lo sabe todo después de un tiempo, decidí que Abyan vendiera todo el oro que yo llevaba y pagar a un agente para que me llevase fuera del país. No podía soportar la idea de perder otro hijo".

Fue a través de la pequeña ventana sucia de la puerta trasera de una gran furgoneta blanca, que vio por primera vez Mogadiscio. Y aquella, de hecho, fue la primera vez que se subía a un avión. Con escala en Dubai, finalmente, aterrizó aquí, en esta masa incomprensiblemente grande de hormigón, llegó a un hotel donde el agente reservó una habitación y llevó a Halwo a desayunar. Halwo se miraba el plato con asco. "Me dijo que descansara y comiera mi desayuno, que él iba a cambiar algo de dinero. No podía ni siquiera levantar mi mano de mi regazo, estaba muy nerviosa. Esa fue la última vez que lo vi. Nos echaron del hotel dos horas más tarde; terminamos en la calle".

En una cercana estación de tren, Halwo vio a un hombre somalí comprando comida a un vendedor ambulante. "No hablaba ni una palabra de este idioma, no conocía a nadie y nada de este mundo y mi única oportunidad era pedirle ayuda a ese hombre esperando que no me hiciera cosas peores de las que ya sufrimos a mí y a mi hijo". El hombre resultó ser una bendición, dándole alojamiento a Halwo y llevándola a organizaciones que ayudan a los refugiados en las zonas urbanas.

Han pasado dos años desde que Halwo escapó, su hijo ya habla el idioma, pero el proceso de reasentamiento del ACNUR no parece ir a ninguna parte. A veces se necesitan cinco años, la mayoría de las veces los refugiados no logran reasentarse; de hecho, solo el uno por ciento lo consigue. "Solo deseo estar en un país donde pueda comenzar una nueva vida, donde tenga paz y pueda dar a mi hijo una educación y un futuro. Si hubiera tenido educación cuando era más joven, podría haber hecho las cosas de manera diferente. No hubiera tenido que salir de mi país. Nadie sabe lo que habría pasado, pero tener conocimientos es mejor que no tenerlos. Mi hijo merece algo mejor que quedarse sin saber si todavía tiene un padre o no, si sus hermanos están vivos o no, si va a poder quedarse aquí o no, dónde vivirá realmente; merece saber, saber cómo evitar una vida como la que tuvo y saber cómo le irá si trabaja duro".

Denis Bosnic, enviado especial para el JRS