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Mutara Haru es un estudiante matriculado en el programa de educación superior del JRS (Jacquelyn Pavilon / Jesuit Refugee Service).

Goz Beida, 31 de octubre de 2016 - Los combatientes merodeaban por los alrededores yendo de pueblo en pueblo allí donde vivíamos, en Darfur. Todos los días oíamos disparos a lo lejos, esperando no estar cerca. Eso era lo que queríamos. Muy pronto, por desgracia, llegaron a nuestra aldea, Omharu, quemando todo lo que no quisieron robar. Diez de mis vecinos murieron; podría nombrar a todos aquellos hombres.

Creí que seguramente también me matarían. En esos tiempos, solían asesinar a hombres y niños, y no hace falta decir qué otras cosas horribles hacían a las mujeres. Entonces yo tenía ocho años. Para protegerme, mi madre puso un pañuelo en mi cabeza para que pareciera una niña, y huimos en un instante. No había tiempo para pensar, solo para irnos. Mi familia se separó en el caos.

Caminamos durante cuatro días, viajando solo mientras había luz de día. Nos quedábamos cerca de los árboles y nos escondíamos durante la noche. Mi madre fue lo suficientemente inteligente como para traer leche en polvo, que mezclábamos con agua. Eso nos mantuvo durante los cuatro días. Todo el mundo hacía más o menos la misma ruta, y gracias a Dios, nos reunimos con el resto de mi familia en el camino.

Después de andar durante días, conseguimos cruzar la frontera. Allí, había unas ONG que inmediatamente se nos acercaron, tomaron nuestros datos y nos llevaron al campamento de Goz Beida. Nos dieron plásticos para construir una tienda de campaña y una tarjeta de refugiado, pero, aparte de eso, no teníamos nada.

Eso fue en 2004. Mi nombre es Mutara Haru, y ahora tengo 20 años.

No había escuelas donde yo estaba en Sudán. Ni siquiera sabía qué era la educación. En la época de lluvias trabajábamos la tierra, y en la estación seca pastoreábamos el ganado, y esa era la vida.

En 2008, un hombre del campamento, ofrecía, informalmente, cursos de inglés dos horas cada noche, frente a su casa. Él lo hacía voluntariamente. Así fue como aprendí inglés al principio. Al mejorar mis conocimientos de idiomas, empecé a trabajar puntualmente para diferentes ONG presentes aquí, incluyendo la Organización Internacional para las Migraciones, el International Rescue Committee, HIAS y los Servicios de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos, pero siempre se trataba de misiones de corta duración.

Mi inglés era "bastante bueno", pero yo sabía que no era todavía el nivel que quería, así que me matriculé en el programa de inglés de Jesuit Commons: Educación Superior en los Márgenes (JC:HEM) del Servicio Jesuita a Refugiados en 2013, y ya estoy en el nivel más avanzado. Sé que con esta habilidad universal, puedo ampliar mis oportunidades de trabajo. Ahora, además de trabajar como intérprete a tiempo parcial, estoy trabajando voluntariamente como profesor de inglés en la escuela primaria del JRS.

Llevo 12 años en el campamento. Si hubiera paz en Sudán, me gustaría volver en un abrir y cerrar de ojos. Tendría plenos derechos, y los merezco. Todos los merecemos. Aquí tenemos muchas limitaciones. No podemos participar políticamente ni trabajar en muchos sectores. Debido a estas restricciones, preferiría irme a otro lugar como EE.UU. o Canadá, donde existen los derechos humanos, donde hay mejores oportunidades de educación y un futuro, pero lo más importante, donde siempre hay seguridad.

Algunas personas ven a los refugiados como unos nadie, pero la vida está llena de riesgos. No sabes cuándo puede pasar cualquier cosa, y mañana podrías ser tú. Por eso es importante acoger y ofrecer educación.

La educación es la clave para la vida. Sin educación, no puedes expresarte. Ni siquiera puedes decirle a la gente del otro lado que estás sufriendo para pedir ayuda. Es por esta falta de educación como nación que estamos aquí. Nosotros, como pueblo, no supimos defender nuestros derechos como país, así por nuestra ignorancia, nos arrebataron nuestro país. A medida que la gente vaya siendo educada, podremos recuperarlo, construir una nueva vida y evitar nuevos enfrentamientos.

--Mutara Haru, estudiante de inglés del programa JC:HEM del JRS en el campamento de Goz Beida, Chad

--Entrevista transcrita por Jacquelyn Pavilon, coordinadora internacional de comunicaciones del JRS