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Mirreille Twayigira, doctora, estudió medicina en China. Sigue viviendo en el campo de refugiados de Dzaleka, mientras espera empezar sus años de especialización en Malawi. (Gushwell F. Brooks / Servicio Jesuita a Refugiados)

Dzaleka, 27 de octubre de 2016 – Escuchando ahora la historia de Mirreille Twayigira, resulta difícil creer que casi perdiera su vida cuando era niña por culpa de la desnutrición y del agotamiento en las selvas de Ruanda, la República Democrática del Congo, Zambia y Angola.

Mirreille llego al campamento de refugiados de Dzaleka, en Malawi, el año 2000, cuando tenía ocho años. No recuerda por qué o en qué circunstancias tuvieron que abandonar el país donde nació, Ruanda, ya que solo tenía dos años cuando se produjo el genocidio de 1994. Lo único que recuerda era que su padre había sido asesinado y fragmentos de su funeral.

Mirreille recuerda su vida durante la huida y las visicitudes que se sucedían en su continua búsqueda de un lugar en paz. Tenía la sensación que allá adonde fueran, ella y su familia se encontraban con violencia, muerte y conflicto. Recuerda cómo ella y su familia sobrevivieron recogiendo alimentos de la selva, lo que se conseguían entrando en granjas y llevándose a escondidas comida para sobrevivir y cómo tuvieron que intercambiar su ropa y la de su familia por alimentos.

Llegó a Dzaleka con su abuelo y su tío; los demás miembros de su familia con los que escapó de Ruanda murieron o desaparecieron en el camino. No puede recordar el momento exacto en que perdió a su madre. Está claro que la primera infancia de Mirreille estuvo llena de dolor, sufrimiento y lucha.

"Comencé la escuela en un campo de refugiados en Zambia, donde aprendí inglés, y así, en el campo de refugiados de Dzaleka, pude empezar la escuela en tercer curso. Si no hubiéramos llegado a ese campo en Zambia, habría muerto. Hoy sé que con síntomas como distensión abdominal, debilitamiento del cabello y cansancio crónico, había estado sufriendo kwashiorkor o marasmo", dice Mirreille.

La vida siguió siendo difícil en Dzaleka, si bien mejoró significativamente con respecto a las dificultades que sufrió desde que huyeron. Aunque tenían comida, nunca parecía bastar y su abuelo no ganaba lo suficiente para cubrir las necesidades adicionales de la familia. Eso no impidió que fuera una alumna aventajada.

"Con los recursos necesarios, los niños refugiados sobresalen. Probablemente como consecuencia de lo que pasaron, ven en la educación una salida", dice Mirreille. En el momento en que terminó la escuela primaria, Mirreille era la mejor de su clase y recibió una beca para asistir a la exclusiva Escuela Secundaria de Likuni para Niñas. El Servicio Jesuita a Refugiados en Malawi aún no había construido la escuela secundaria en el campamento, y Mirreille, al igual que otras alumnas de su curso, tuvo que asistir a clases fuera del campo.

"Dos años antes de terminar la escuela, el JRS había completado la construcción de la escuela secundaria, por lo que todos los niños y niñas refugiados que asistían a escuelas fuera del campamento tuvieron que regresar. Sin embargo, el director y el personal de la Escuela Secundaria para Niñas de Likuni no quisieron que me fuera y para ello recogieron fondos para que pudiera terminar mis estudios allí", explica Mirreille con una sonrisa modesta.

Mirreille sobresalió más allá de las expectativas y terminó la escuela secundaria entre los seis mejores estudiantes de Malawi. La cadena de televisión Zodiak visitó Dzaleka para entrevistar a Mirreille por su éxito excepcional. Al salir en los medios, Mirreille saltó a la fama y se hizo muy conocida en Malawi. El gobierno chino había prometido una beca a los seis estudiantes con mejores resultados académicos en Malawi.

Pero hubo un problema: Mirreille no era ciudadana de Malawi, sino una refugiada cuyo país de nacimiento era Ruanda. Así que la cadena de televisión Zodiak se embarcó en una campaña para que Mirreille recibiera la ciudadanía de Malawi. Sobre este momento tan interesante de su vida, nos confiesa con una tímida sonrisa: "Imagínense, estaban debatiendo mi estado en el parlamento. Yo era una niña, todavía una niña y estaban ocupados debatiendo sobre mí en el Parlamento".

Poco tiempo después, le fue concedida la ciudadanía de Malawi y, en 2010, comenzó sus estudios de medicina en la provincia de Shandong, en la ciudad de Jinan. Mirreille, a pesar de la gran barrera del idioma - tuvo que aprender mandarín y adaptarse a un entorno cultural nada familiar - completó sus estudios y se graduó como médico en julio de 2016.

Ahora, ha regresado a Malawi y sigue viviendo con su familia en Dzaleka. Lamentablemente, su abuelo falleció y nunca llegó a ver a su nieta como médico. Mirreille ya está registrada en el Ministerio de Salud de Malawi y está esperando empezar su residencia.

"Dondequiera que se me necesite, estoy dispuesta a ir. Quiero trabajar con personas en las áreas rurales, me gustaría trabajar con los refugiados ya que sé por lo que pasan. Quiero resarcir a Malawi, por todo lo que Malawi me ha dado", dice sobre su futuro.

En cuanto a qué papel ha jugado el JRS en su vida, Mirreille dice: "Yo no estaría aquí si no fuera por el JRS. El JRS me educó y me dio los cimientos sobre los que pude construir". El Servicio Jesuita a Refugiados ve en la épica historia de Mirreille, y en la de otros muchos refugiados y solicitantes de asilo, un testimonio de cómo la gente que ha tenido que huir resarce a la sociedad que los ha acogido con hospitalidad. Nos sentimos ciertamente afortunados de haber desempeñado un papel en una historia tan inspiradora.