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Grace y su hijo van a la escuela del JRS en el campamento de refugiados de Djabal en el Chad. (Joseph Thera / Servicio Jesuita a Refugiados)

Djabal, 21 de octubre de 2016 – Grace, refugiada sudanesa, es una madre sola con seis hijos que vive en Djabal, Chad, y que lucha por una educación y una vida mejor. Cuando la violencia estalló en su aldea, Grace y su familia se vieron obligadas a huir. Ella perdió a su esposo en Sudán y durante la huida quedó separada de sus hijos. Más tarde, volvió a encontrarse con ellos en la frontera chadiana, y juntos se pusieron a salvo en Djabal.

Empezar de nuevo en el Chad no fue fácil. Al principio, Grace se volvió a casar y tuvo otros dos hijos, pero al poco tiempo se encontró divorciada y a cargo de seis hijos.

Si bien muchas habrían sucumbido a la desesperación, Grace prefirió aferrarse a algo que le daba esperanzas: la educación. Ella y todos sus hijos se matricularon en una escuela del JRS en el campamento de refugiados de Djabal. Sin ningún tipo de educación antes de llegar al campo, trabajó duro y llegó al sexto grado.

Grace hace todo lo que puede para mantener a sus hijos. Lava ropa o remoza paredes en proyectos en la ciudad. Por desgracia, sufre de muchas jaquecas que le impiden poder realizar trabajos pesados o trabajar bajo el sol. No puede trabajar después de la escuela cuando aún hay luz de día, así que sus hijos deben recoger heno en las montañas o hierbas para venderlas en la ciudad y así tener algo de dinero para su cena.

Su hija Khadija trabaja en los campos durante la cosecha donde le pagan con comida. Cuando no hay escuela, se quedan sin comer; entonces ella se lleva a sus hijos detrás de las aulas para que no vean a los demás comiendo.

Para terminar de agravar la situación, su cartilla del PMA, un documento de identificación que el ACNUR da a todos los refugiados y que les da derechos a alimentos y otros suministros humanitarios, la categoriza como persona con menos necesidades. Por esta razón, recibe raciones insuficientes para su familia.

El tema del reasentamiento de Grace y su familia sigue sin respuesta. No puede volver a su país porque el conflicto en Darfur sigue. Desde su primer estallido en 2003, se han perdido cerca de medio millón de vidas y se calcula que habría unos 2,6 millones de personas desplazadas. Recientemente, en septiembre de 2016, Amnistía Internacional informaba que el gobierno sudanés había utilizado armas químicas contra la población civil en Darfur, matando al menos a 250 personas. La mayoría de las víctimas eran niños. Hasta que el conflicto se resuelva, será inseguro para ella y sus hijos regresar a casa.

Grace sigue con su lucha diaria para sacarse los estudios y mantener a sus hijos por si misma. Su sueño es terminar los estudios algún día y ser enfermera y así ayudar a la gente con problemas. Ha elegido centrarse en el futuro y en lo que puede lograr para ella misma y sus hijos, en vez de en lo que ya ha perdido. Cree que la educación es lo que mejorará sus condiciones de vida a largo plazo.

La historia de Grace representa la lucha diaria por la que pasan muchos refugiados, en especial de muchas refugiadas, en su búsqueda de un futuro mejor. Los refugiados deben tener tenacidad, esperanza y perseverancia frente a las adversidades para tener acceso a algo que muchos dan por garantizado: la educación.

Son personas como Grace las que nos animan en el JRS a seguir con nuestra labor de acompañar, servir y defender los derechos de todos los refugiados a la educación. En palabras del director internacional del JRS, Tom Smolich SJ, "Todo ser humano tiene derecho a la educación, y los refugiados y los desplazados, quizás más que los otros, necesitan acceder a este derecho ahora más que nunca. Sin educación, el ciclo de la violencia y el desplazamiento es difícil de romper".      

Testimonio recogido por Claudine Nana, Alkhali y Elysée, JRS Chad.

Artículo de Antony Mukui, Oficina Internacional del JRS.