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María acaba de comenzar la escuela secundaria en Roma, Italia. Su sueño es convertirse en un científico (Antony Mukui/Jesuit Refugee Service).

Roma, 6 octubre 2016 - "Estaba triste por no haber podido decir adiós a mis maestros y a mis amigos de la escuela porque se habían convertido en mi familia. Mis maestros eran como mis cuidadore, los que me acompañaban por la vida".

Mary Goretti era una niña de 11 años que vivía en Nairobi, Kenia, donde disfrutaba de su infancia con sus dos hermanos mayores. Su mayor alegría en la vida era ser tía tal y como ella explica: "Yo era feliz, siempre me gustó pasar tiempo con mi sobrinita, darle de comer, cambiarla y jugar con ella".

Mary estaba matriculada en la escuela, en Nairobi, donde su familia residía en aquel momento. "Me gustaba mucho mi escuela. Estaba siempre entre las mejores de mi clase. Las maestras siempre fueron buenas conmigo. Me gustaba jugar a fútbol y nadar con mis compañeras". Al salir de clase, iba a cuidar a su sobrina y a ayudar con las responsabilidades del conjunto donde vivía. Los fines de semana María salía con sus amigas al cine y al parque o al pueblo a visitar a sus primos.

Una noche de noviembre de 2013, su vida dio un vuelco. Un grupo de sicarios atacó la casa familiar en plena noche. Lo recuerda así: "Yo estaba durmiendo cuando dos hombres forzaron la puerta de mi habitación. Luego estaban sobre mi cama golpeando a mi hermano sin sentido preguntándole dónde estaba mi madre. Estaba muy asustada por mí y por mi hermano. Él les convenció de que me dejaran salir, pero volvieron al cabo de unos minutos, me llevaron fuera de la casa, me amenazaron e intentaron abusar sexualmente de mi". Aquella penosa experiencia duró aproximadamente una hora y su hermano, gravemente herido, tuvo que ser trasladado al hospital. Los sicarios lograron escapar.

La infancia de Mary se desmoronó en un momento. Ella y su familia siguieron en Kenia durante los siguientes tres meses, en los que vivió temiendo el regreso de aquellos hombres. Solo encontró consuelo en la escuela y jugando con sus amigas.

Finalmente, la familia de Mary se trasladó a Italia en busca de una vida más segura, ya que la vida en su país se hizo insoportable por el miedo y las amenazas constantes contra su vida. Llegaron a Italia el 21 de enero de 2013 y fueron acogidos por los padres franciscanos capuchinos, una congregación monacal, donde vivirían los próximos dos años y medio. Los sacerdotes acogieron y apoyaron a Mary y su familia, proporcionándoles refugio, alimentos, apoyo académico y acompañamiento espiritual.

Afortunadamente, con la ayuda del Centro Astalli, el brazo italiano del Servicio Jesuita a Refugiados, Mary pudo entrar en la escuela secundaria en Italia. Cuando comenzó, se sorprendió al descubrir que nadie hablaba inglés, la lengua que había estudiado toda su vida. "Cuando empecé la escuela no fue como yo imaginé que sería. No era la mejor de mi clase debido a la nueva lengua, pero gracias a tres amigos que hice pude pasar los tres años de la secundaria". Con el apoyo de sus profesores y compañeros de clase, pudo mejorar sus puntos débiles y pasar la escuela secundaria con buenas notas. Su experiencia en el estudio en Italia fue algo diferente de la de Nairobi. "Muchas cosas eran muy diferentes. El método de estudio aquí va muy deprisa y hay que entender las cosas muy rápidamente. En Kenia era paso a paso. Aquí se dan tres pasos a la vez". Mary encontró consuelo en la lectura y recurriendo a sus amigos y maestros cuando necesitaba ayuda.

Mary cita a su familia y a los Hermanos Franciscanos en el colegio como su mayor apoyo en la escuela. "... Ellos son como mis hermanos mayores, siempre me tratan con respeto y siempre están ahí para ayudar incluso en la escuela. Cuando tuve dificultades con el francés, uno de los hermanos que lo hablaba se ofreció a ayudarme en mis estudios todas las noches. Con su ayuda pude pasar mi examen".

Dos años y medio después, aquella joven asustada, que llegó a Italia en busca de seguridad, se ha convertido en una adolescente de 14 años, que acaba de comenzar el bachillerato. Sabe que tiene muchos retos por delante. "Voy a tener que trabajar diez veces más duro que en la secundaria, pero sé que lo voy a lograr. Estoy muy emocionada por conocer a gente nueva, hacer nuevos amigos y disfrutar de mis estudios".

El sueño de María es convertirse en científica. "La ciencia es mi pasión, me gustó desde la primera vez que entré en la escuela. Al principio no sabía que la gente pudiera convertirse en científica. Cuando descubrí que esto era posible, me entusiasmé porque sabía que podría ayudar a mucha gente. Quiero que mis investigaciones sean de las que llevan la felicidad a la gente y la alegría al mundo".

Ella tiene la intención de trabajar duro para cumplir este sueño algún día, inspirando a otros mediante su trabajo como científica. A pesar de que ella entiende que el camino no será fácil, sigue teniendo la esperanza de que todo saldrá bien.

Su mensaje a todos los niños refugiados es que no pierdan la esperanza y sigan persiguiendo sus sueños. Ella pide a todos los gobiernos que den la oportunidad a todas las niñas y niños refugiados de ir a la escuela. Porque como ella dice: "Todos los niños merecen el derecho a ser niños".

- Antony Mukui, Oficina Internacional del JRS