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Luwam una bailarina de Eritrea que vive en un campo de refugiados en Etiopía. (Denis Bosnic/Jesuit Refugee Service)

Mai Aini, 20 de Julio de 2016 – Hubo un tiempo en el que Luwam fue el centro de atención en su país. En Asmara, como miembro del equipo nacional de danza, actuó ante los cargos del gobierno y sus conciudadanos en las celebraciones nacionales, recibiendo aplausos y elogios por su talento cautivador.

"La gente venía de diferentes pueblos y ciudades. Siempre se congregaba una gran multitud. Solía presentar  bailes del Tigré para el público", recuerda.

Después de que su familia huyó del mismo gobierno para el que ella misma había actuado, Luwam también lo hizo. Su padre fue uno de los 400.000 eritreos obligados a cumplir un servicio militar indefinida. Al crecer, ella apenas lo vio un puñado de veces. Finalmente, su familia decidió que eso era demasiado y huyeron a Etiopía en busca de refugio.

Luwam se quedó con su anciana abuela durante algún tiempo, hasta que decidió que había llegado el momento de ponerse a salvo en el extranjero. Junto con una amiga, realizó un duro viaje de 16 horas a través de las montañas, burlando a los soldados eritreos, para reunirse con su familia en el campo de refugiados de Mai Aini.

Atrás quedaron sus amigos, su escuela, su casa, su grupo de baile y su querida abuela, pero hay algo a lo que no renunció: la oportunidad de compartir su amor por la danza.

"En mi segundo día en el campamento, mi hermana me llevó de paseo. Nos detuvimos en el centro del JRS porque escuchamos música y vimos gente bailando. Nos quedamos muy sorprendidas. No sabíamos que pudiera haber un lugar así, especialmente en un campamento", dijo Luwam.

En dos campamentos del norte de Etiopía, el Servicio Jesuita a Refugiados ofrece a los jóvenes refugiados eritreos la oportunidad de aprender y expresarse a través de las artes plásticas y escénicas. Miles de menores no acompañados viven en estos campos. El JRS cree que a través del arte la juventud podrá recuperarse de la persecución de la que huyeron en su país, encontrar esperanza en su futuro y la alegría de vivir después de perder tantas cosas.

Desde su segundo día en el campamento, Luwam ha participado activamente en el grupo de baile Semai. Ella enseña y practica danzas tradicionales tigreñas, actuando a menudo tanto para los miembros de la comunidad refugiada como la de  acogida en los eventos culturales del campamento.

Su papel en el campo trasciende al de una profesora de baile, es un modelo para cientos de niñas y niños que tratan de empezar una nueva vida. Ella y sus compañeras de baile son un bastión de la preservación de la cultura eritrea en la comunidad.

"La juventud, en especial, necesita preservar la identidad de los refugiados. Tienen que conocer su cultura, porque es parte de lo que son ", dijo Naomi, otra miembro del grupo de baile Semai.

Además de danza cultural, Naomi ha puesto de moda en el campamento un nuevo baile: la salsa.

"Al principio yo era la única interesada en bailar salsa. Solía ver películas con bailes de salsa y los copiaba en casa con mis amigos en Eritrea. En el campamento, me encontraba con mi compañero Michael antes de las clases para ensayar, pero ahora todo el mundo quiere bailar salsa", dijo Naomi.

Hoy, todos los eventos culturales en el campo incluyen algo de salsa y éxitos del pop latino.

"Sueño con ser una bailarina profesional sin límites. Quiero poder bailar todo tipo de bailes. Dentro de diez años, me veo protagonista en una película y actuando para que otros puedan disfrutar", dijo Naomi, que está en la lista para ser reasentada en los Estados Unidos de América en los próximos meses.

Ella es muy afortunada. La mayoría de sus compañeras nunca tendrán esta suerte. De hecho, solo el uno por ciento de los refugiados en el mundo tiene la oportunidad de ser reasentados.

Al contrario, con opciones limitadas para integrarse en Etiopía, reasentarse en otro país, o regresar a sus hogares, la mayoría vivirá en los campamentos toda su vida.

Dos de sus compañeros de danza decidieron tomar el asunto en sus propias manos e intentar una nueva vida en Europa, pagando a contrabandistas para que los llevaran a través de desiertos y mares. Naomi siguió sus viajes a través de sus mensajes de Facebook y sabe que ambos han llegado sanos y salvos a Alemania.

Miles de personas del campamento, sin embargo, han desaparecido en esta misma ruta. El hermano de Luwam es una de esas almas que faltan. Después de salir de Sudán hace meses, ni ella ni sus familiares han sabido de él y están devastadas.

Las oportunidades para que los jóvenes aprendan y se expresen en el exilio son de suma importancia para su bienestar físico y mental; y solo teniendo la oportunidad de estudiar, trabajar y ayudar a sus familias y a la comunidad impedirán que se aventuren en rutas peligrosas para encontrar una vida mejor.

Angela Wells, responsable de comunicaciones del JRS África Oriental