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Esta experiencia de perder todo y reconstruir su vida ha servido como fuente de inspiración para los raps que Alino compone e interpreta por toda la ciudad.b(Denis Bosnic/Jesuit Refugee Service)

Kampala, 8 de julio de 2016 – Ya de adolescente, Alino soñaba con ser un artista de hip hop en el Congo, donde la música marca el ritmo del país. Pero como tantos jóvenes, Alino no pudo hacer caso omiso a las necesidades y expectativas de su familia, se matriculó en una carrera más estable, aparcó sus sueños, y estudió química de petróleos en una universidad congoleña de prestigio. Alino nunca pensó que pudiera ser una estrella del rap, como tampoco imaginó que algún día acabaría viviendo exiliado en Kampala, Uganda.

"Tenía que ser lo que mi padre decidiera por mí. Si no obedecía, la relación se enturbiaría, así que tuve que hacerlo. Quería (estudiar) música... pero aquí mucha gente considera que la música no es algo honorable. Mi padre dijo que si quería estudiar música, me fuera de su casa", recuerda.

La pérdida de la vida familiar. En general, su familia disfrutaba unida de una buena vida. Su padre tenía un trabajo estable en el Banco Central, era propietario de tierras y de varias casas. Alino y sus ocho hermanos estudiaron en buenas escuelas, en los jesuitas, y tenían la intención de continuar sus estudios en universidades en Europa. Su infancia fue feliz; sin embargo, como a cualquier joven, el conflicto arruinó lo que él llama su "vida familiar".

"¡Ójala pudiera regresar a los ocho, nueve, diez años y vivirlos de nuevo! Hemos tenido una buena familia, pero la guerra lo arruinó todo, no solo económicamente, sino también en términos de unidad. Tuvimos que separarnos muchas veces y esto supuso que no estábamos bien conectados, o al menos no lo estuvimos durante mucho tiempo".

Cuando el conflicto armado llegó a su ciudad natal, Bukavu, la familia se dispersó en diferentes direcciones por seguridad.

"Anduvimos durante kilómetros para llegar a la aldea de mi abuela. Caminamos casi un mes entero y como ellos mataban a la gente al azar, si tienes una familia grande como la nuestra, lo mejor es separarte: unos tomaron un camino, otros siguieron otra ruta, así que si mataban a unos, al menos, otros sobrevivirían".

Camino al orgullo. Los pasos de Alino le llevaron a Kampala, la capital de Uganda, gracias, sobre todo, a la bondad y a los consejos de desconocidos. Al llegar, estuvo semanas sin hogar, pasando las noches en las calles o en comisarías, hasta que finalmente se encontró con un amigo de un amigo que lo acogió por un tiempo hasta que le dijo que ya había sobrepasado el tiempo que podía acogerle. Hoy, vive en la casa familiar de un amigo de su padre en el centro urbano.

Aunque aún no se ha reencontrado con su familia, ha podido hacerse su espacio en la comunidad de refugiados, donde muchos le conocen por su nombre artístico, 'Kizaza', y también como el hombre que les ha hecho más fácil la vida en Kampala al enseñarles inglés.

"Me siento orgulloso del trabajo que estoy haciendo. Siento que tiene una gran dignidad... siento estar contribuyendo a una comunidad. Cuando estaba saliendo del Congo, no tenía esa sensación, mi sensación era que iba a acabar en el barro como basura".

Su desaliento terminó cuando escuchó de un amigo que su inglés impecable, que él aprendió de ver películas nigerianas en la RDC, podría ayudar a los demás. Hace cuatro años, comenzó a impartir cursos de inglés en el JRS donde aún enseña en la actualidad.

"Los estoy empoderando. Tras algún tiempo, un año o dos, de enseñarles, cuando voy al centro de la ciudad y me los encuentro con sus negocios, me paran y dicen, 'si hoy puedo estar aquí y vender estas cosas es gracias al inglés que me enseñaste'. (Cuando ellos) expresan esta gratitud, para mí es muy, muy impresionante. En realidad, nadie se está haciendo rico, pero les ha ayudado a encontrar su lugar en la sociedad".

Mientras muchos de sus estudiantes más jóvenes, dice, han entrado en universidades, los mayores gestionan sus propios negocios, ganan dinero suficiente para enviar a sus hijos a la escuela, una oportunidad de suma importancia para los refugiados que, por culpa del conflicto, perdieron la oportunidad de estudiar y construir una vida mejor.

Abriéndose camino. Esta experiencia de perder todo y reconstruir su vida ha servido como fuente de inspiración para los raps que compone e interpreta por toda la ciudad.

"Es algo difícil tratar de abrirse camino, pero no me voy a rendir porque creo, y eso es lo que quiero, ir adelante. Hacía música hip hop antes de saber que iba a ser un desplazado. Al llegar aquí, tras pasar por todo lo que pasé y ver todo lo que vi, conté  con mucho combustible de qué hablar y me sentí como si tuviera un papel que desempeñar".

Ha aprovechado la experiencia de superar el conflicto y el desplazamiento para componer música sobre temas tan profundos como el de los niños soldados, la violencia sexual contra las mujeres, la destrucción de aldeas y la vida de los refugiados.

"La gente está cansada por cómo se tratan estas cuestiones. Sé que la música hip hop formalmente se utilizaba para transmitir mensajes de este tipo, así... quiero hacerlo desde mi punto de vista, también".

Música para el cambio. Superar el estigma de ser un refugiado, dice Alino, es la misión principal de su música. Él recuerda el día en que también creía en los estigmas negativos de los refugiados y ahora quiere ver el día en que los refugiados no solo sean aceptados, sino que también se les permita prosperar.

"Hubo un tiempo en que, sentado en casa, veía en televisión las guerras y los refugiados que entraban en Angola, en Etiopía. Yo era joven... sabía cómo era, una gran cantidad de personas que se desplazan, ya sabes, no tienen la ropa adecuada, llevando colchones, cargando lo que pueden... Cuando huyen para salvar sus vidas y ves los campamentos donde viven y cómo viven, no necesitas que nadie te lo explique, y solo piensas: mira a estas personas, están sucias... La gente piensa que los refugiados son personas que vienen aquí para disfrutar de la vida, para comerse su comida. Ellos no saben que son personas que simplemente no tienen otra opción y que no quieren venir a Uganda... Es algo injusto, si alguien puede ponerse en la piel de un refugiado, creo que lo entenderá".

Los días de conflicto en Etiopía y Angola han quedado atrás, pero la afluencia de refugiados se ha incrementado sustancialmente. Hoy, dice, mira la afluencia de refugiados de Siria, Irak y de más allá en la televisión y ahora teme que este estigma negativo no solo persista, sino que influya en las políticas en todo el mundo.

"Hay demasiado odio por parte de la gente que no entiende la difícil situación de los refugiados. He visto hasta qué punto algunos países empezaron a cambiar sus políticas, porque la gente solo quiere algo de espacio donde estar a salvo y libre. He visto cómo algunos países empezaron a abrir centros de detención para recluir a estas personas. He visto cómo algunos países ricos hacen propaganda para que las personas que quieren buscar un refugio seguro desistan de ir a sus países".

Alino tiene razón. Naciones de todo el mundo están deteniendo a los solicitantes de asilo, les niegan derechos básicos, levantan muros en las fronteras y financian a países donde se cometen abusos contra derechos humanos - como Turquía o Sudán - para que impidan a los migrantes continuar su viaje a un lugar seguro.

Él recuerda una lección muy diferente en la escuela sobre la hospitalidad en Occidente, o como él dice "aquellos países que nos colonizaron, los países que tienen dinero, los países que están siendo duros con los refugiados, nos enseñaron a ser acogedores, a que, en una situación de emergencia como esta, debes abrir tus fronteras y ofrecerles un lugar donde quedarse. En África, lo hemos hecho, siempre abrimos nuestras fronteras, puede que no tengamos dinero, pero sí un lugar donde alojarse".

De hecho, Uganda es conocida como la nación más hospitalaria para los refugiados de todo el mundo, manteniendo constantemente abiertas sus fronteras; no solo alberga a 600.000 personas para que encuentren refugio, sino que las anima a trabajar y estudiar.

"A estos otros países que se quejan de que no pueden tener 10.000 refugiados, ¿diez mil refugiados es demasiado?, venid a Uganda. Uganda es un país del Tercer Mundo; sin embargo, ¿cuántos cientos de miles están aquí? Quiero que el mundo sea un mundo acogedor para los refugiados, que los acepte, los reubique, les ayude en la educación y la vida. Es algo bueno que hay que hacer. Es de sentido común".

Por ahora, Alino aprovecha la oportunidad de trabajar y residir en Uganda al máximo. Mirando hacia atrás, siente que toda esta experiencia le ha hecho una mejor persona y que, con el tiempo, se convertirá en un músico famoso y un buen padre.

"Me ha forjado como hombre, y me ha forjado como mejor persona. En este momento en mi mente no hay nada que no pueda hacer. La vida en Uganda me enseñó que se puede empezar con poco, y que las cosas pueden mejorar. El futuro es brillante, va a ser brillante. Hemos pasado por muchas miserias y ya ha llegado la hora de tener la sonrisa en la cara de una vez. Creo en el mañana porque estoy trabajando en la construcción de un gran futuro".

Angela Wells, responsable de comunicaciones del JRS África Oriental