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Estudiantes del centro de Jbeil se sientan en la clase de Majed Mardini. Quinientos niños reciben atención psicosocial aparte de una educación tradicional. (Jacquelyn Pavilon / Servicio Jesuita a Refugiados)
Jbeil, 16 de diciembre de 2015 – Sami*, de siete años, pone una pistola de juguete contra la cabeza de su hermano menor. Juega a disparar a sus otros hermanos, que se esconden. Del móvil muestra la foto de un soldado: esto, dice, es lo que quiero ser de mayor. La guerra es lo único que ha visto Sami a lo largo de su corta vida. Si bien el pasado ya está escrito, el futuro no lo está.

Aproximadamente, 2,8 millones de niñas y niños sirios no están escolarizados por culpa de la guerra, 550.000 de los cuales viven en el Líbano. Si bien la guerra ya es un hecho irremediable, sus secuelas se pueden paliar mediante educación y apoyo. El centro del JRS en Jbeil atiende a cerca de 500 niñas y niños refugiados sirios, prestándoles, entre otras cosas, apoyo psicosocial a través de las clases de Educación para la Paz.

Todas las niñas y niños del centro han quedado tocados por la guerra, bajo la amenaza diaria de morteros y bombas. Algunos niños han sufrido la violencia en el hogar, y la mayoría viven actualmente en viviendas inadecuadas o sobrepobladas.

Aprender a comportarse. "Cuando los niños llegan por primera vez al centro, su "mal comportamiento" es un resultado directo del trauma que han sufrido", dice Majed Mardini, un profesor sirio del centro de Jbeil del JRS. Muchos niños no podían ir a la escuela en Siria, sobre todo en los pueblos, porque los soldados y el ejército las ocuparon.

Han pasado más de cuatro años desde que comenzó la guerra en Siria. Eso significa que muchas niñas y niños llevan años sin escuela; otros ni siquiera tuvieron la oportunidad de comenzarla. "Lo más importante – dice - es empezar a apoyar a los niños psicológicamente".

"Ellos necesitan algo más que una educación tradicional", sigue Mardini. La educación moral y la conducta son una prioridad. Todos los profesores tienen a la vez el papel de trabajador social. "Muchos de las niñas y niños no saben cómo comportarse en la escuela. Les enseñamos a hacerlo, a interactuar unos con otros, pero lo más importante, a quererse unos a otros".

Futuro incierto. Incluso ahora, en el Líbano, las niñas y los niños viven una vida incierta y provisional. Los niños se trasladan con sus familias, van a nuevas escuelas, empiezan a trabajar o incluso se casan.

"Usted los puede ver hoy, pero quizás mañana ya no los vea", dice la refugiada siria y profesora de inglés del centro Jbeil, Catherine Mora.

En la misma casa de Sami está Sabeen* de cinco años. A través de la rendija de la puerta, el equipo de visitas domiciliarias del JRS puede verla oculta bajo una sábana llorando. "Está triste porque echa de menos a sus primos que se fueron de aquí para tratar de llegar a Alemania. No sabemos si los veremos de nuevo ni cuándo", explica la madre.

Creando una comunidad. Por esta razón, en el centro, el personal intenta crear un espacio seguro y una comunidad para los estudiantes que lo dejaron todo atrás. El centro organiza diversas actividades para ayudar a los niños a superar su pasado y su presente. El mes pasado, el centro creó unas marionetas con las que los niños pueden expresar sus experiencias personales en grupo.

El personal del centro ha visto una gran mejora en el comportamiento de los niños desde el inicio de estos programas. "Los niños son felices aquí. Cuando les dices que llegan vacaciones, se ponen muy tristes. No las quieren. La escuela es el único lugar que tienen de diversión, el único lugar en el que están en paz. Ellos no quieren estar en casa, porque el tiempo en casa puede significar tiempo en la calle", explica Mardini.

El centro también apoya psicológicamente a las familias de los niños visitándolas en el hogar y escuchando sus necesidades. Además, el centro organiza sesiones de sensibilización para padres y madres sobre cómo tratar a sus hijos y evitar la violencia en el hogar.

Mirando adelante. La experiencia pasada de cada niña o niño es única. Algunos llevan en el centro tres años y solo hablan de regresar a Siria. Otros son mayores y ya piensan en lo que les depara el futuro: la búsqueda de un empleo o ir a la universidad.

Sin embargo, decidan o no regresar a Siria, "la educación es la única manera de construir un futuro para estos niños - dice Mardini -, pero nosotros debemos darles primero unos rudimentos". A los que quieren volver, "siempre les decimos que los niños necesitan ser educados, porque ellos son los que van a reconstruir Siria".


--Jacquelyn Pavilon, coordinadora internacional de comunicación del Servicio Jesuita a Refugiados