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Durante agosto y septiembre de 2015, miles de sirios, entre otros refugiados, han viajado desde la estación de Keleti, en Budapest, Hungría, hacia otros países europeos. (Kristof Holvenyi)

Alepo, 24 de septiembre de 2015 – El director del JRS Siria, P. Nawras Sammour, habla sobre cómo es la vida cotidiana en Siria. Alimentos y agua con precios desorbitados, apagones diarios y casas destruidas son habituales. En la entrevista nos muestra por qué los sirios huyen, por qué necesitan vías seguras y legales para acceder al asilo en Europa y, sobre todo, por qué necesitan desesperadamente la paz para rehacer sus vidas y su país.

¿Cómo es la vida cotidiana en Siria para la gente en este momento?

Alepo. Aparte de las zonas sitiadas, las mayores dificultades se viven en la capital, donde todo escasea. Es muy difícil conseguir cualquier cosa. La mayoría de las familias dependen de la ayuda de diferentes organizaciones. La desnutrición afecta a todo el mundo.

Hay escasez de agua potable. La gente tiene que comprar agua potable en tanques y pagan 3 libras sirias por un litro. Una familia de cuatro personas necesita al menos 1.000 litros por semana, lo que significa que la gente paga 12.000 libras sirias (64 dólares) por el agua cada mes. Aparte, 8.000 libras sirias (42 dólares) por el generador, que se suman a todos los gastos de la vida cotidiana.

Las personas también viven bajo el temor constante a los ataques con morteros. Los morteros pueden alcanzar cualquier lugar y eso hace que la gente tenga miedo de enviar a sus hijos a la escuela, y que permanezcan dentro de sus casas. La caída de misiles pesados en el barrio cristiano de Alepo provocó que la gente se trasladase a los refugios. Lo han perdido todo y ahora están alquilando una o dos habitaciones por 20.000 o 30.000 libras sirias (106 o 159 dólares), que es el salario promedio de un maestro.

La gente lo está vendiendo todo para sobrevivir: anillos, joyas, abalorios, coches. Los que tenían ahorros se están quedando sin dinero. La gente ya no puede permitirse el lujo de disfrutar de una vida normal. Es por eso que se ven obligados a mudarse. Algunas familias decidieron quedarse hasta que finalizara la escuela, lo mismo pasó con los jóvenes que van a la universidad, pero muchos ya optaron por irse.

Homs es la ciudad "más tranquila" para los desplazados internos que quieren regresar. Muchas personas lo han perdido todo y al no tener dinero para reconstruir sus casas ya no regresarán.

A la gente le resulta difícil moverse en Homs. Durante el día, los niños pueden ir a la escuela, a pesar de que los colegios están llenos, y los edificios escolares de las principales ciudades han sufrido daños por morteros. Por la noche, sin embargo, es difícil salir; no hay seguridad, y uno puede ser secuestrado.

La comida es muy cara. El salario de un maestro es de alrededor de 35.000 libras sirias (185 dólares). Un kilo de carne cuesta entre 2.500 y 3.000 libras sirias (entre 13 y 16 dólares). Así que un salario permitiría unos 13 kilos de carne. La gente solo puede comer carne una o dos veces al mes.

Damasco. Tenemos al menos 16 horas de apagón diario, pero no pagamos los generadores, ya que con 8 horas de electricidad basta para lavar la ropa o lavarnos.

Una vez más, la vida es demasiado cara. Los precios de los alimentos en Damasco son comparables al resto de Siria; y tenemos agua potable solo una vez cada dos o tres días, lo que al menos nos permite sobrevivir.

Las escuelas y universidades que no están dañadas siguen funcionando. Pero hace dos semanas diez estudiantes murieron por morteros en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Damasco.

Hay combates no demasiado lejos del centro de Damasco. La carretera a Homs está bloqueada, por lo que hay que dar la vuelta para llegar a Homs.

¿Hay mucho movimiento de desplazados internos?

La gente se está trasladando a Damasco y a la zona costera de forma periódica, tratando de sobrevivir. La mayoría están huyendo de las zonas controladas por Daesh [Estado Islámico] donde no se puede permanecer a menos que aceptes su ideología, y apenas nadie puede vivir con ellos. Además, estas áreas son bombardeadas con frecuencia y no son seguras.

¿Ve luz para el futuro?

Estamos en un período de incertidumbre. Pero lo que está claro es que la solución está más allá de la capacidad de los sirios. La paz debe lograrse a nivel regional e internacional, no a nivel de país. No hay ciudadanos sirios que puedan resolver la situación. La gente está cansada. El conflicto ha llegado a un punto que supera las capacidades dentro de Siria.

¿Quién debe ser incluido en las negociaciones?

No podemos resolver el problema sin todos los elementos que crearon el problema. Necesitamos integrarlos a todos. No podemos excluir a nadie, a excepción de aquellos que excluyan a otros.

¿Hay un papel profético de la Iglesia?

Creo que el papel profético se puede ver en los pequeños gestos e iniciativas. Las personas de buena voluntad siguen haciendo muchas cosas. Muchas comunidades y organizaciones, no solo el JRS, pueden llegar a los más vulnerables para cubrir sus necesidades básicas y suministrar alimentos. Los jóvenes, religiosos y laicos, siguen comprometidos en ayudar a la gente. Hemos sido testigos de cómo estos pequeños grupos e iniciativas crecieron desde el comienzo de la guerra. Ahora bien, dada la dificultad de la situación hay menos, pero todavía están presentes.

La guerra y la pérdida de todo ha sido una oportunidad para difundir una mayor concienciación por parte de algunos líderes de la Iglesia. Muchas personas se han convertido tras haberlo perdido todo; algunos realmente han cambiado.

¿Cree usted que los cristianos deben permanecer o deben irse?

Esta es una cuestión de libertad personal.

¿Cuál es su visión para Siria?

Siria ya no será la misma que antes. Estamos en la fase de una nueva Siria. Vamos a hacer todo lo posible para que se renueve, para que sea digna de su historia, y sea una Siria inclusiva como lo era antes. Mi esperanza es que la nueva Siria refleje su belleza como el puente entre Oriente y Occidente, multicultural y multirreligiosa, que fue antes de la guerra.

Esta es mi esperanza. En esta visión inclusiva, no hay lugar para aquellos que se excluyan a otros.

--Amaya Valcárcel, coordinadora internacional de advocacy del Servicio Jesuita a Refugiados