via todas las campanas


Jóvenes refugiados pasan el tiempo en el Centro Comunitario para Refugiados del Servicio Jesuita a Refugiados, en Addis Abeba, Etiopía, donde pueden hacer deporte, tomar clases de inglés o música, estudiar en la biblioteca o en el centro de informática, o recibir ayuda de emergencia (Angela Wells / Servicio Jesuita a Refugiados).
Addis Abeba, 15 de septiembre de 2015 – A sus 28 años, Safia disfrutaba del estilo de vida que cualquier joven profesional sueña alcanzar. Después de completar sus estudios en la escuela de odontología en Yemen, abrió su propia clínica, compró un coche, y dedicaba sus fines de semana a trabajar como voluntaria con las comunidades desfavorecidas, incluidas las de los refugiados e inmigrantes de Etiopía y Somalia

"Mis amigos y yo estuvimos trabajando como voluntarios con los refugiados durante ocho años. Ayudábamos a todos los seres humanos sin distinción. Esta experiencia cambió mi vida. Cuando me necesitaban yo sabía que tenía que ayudarles con cualquier cosa que yo tuviera.

"Yo era una chica soltera, que vivía mi vida. Nunca se me ocurrió que yo misma iba a convertirme en refugiada", dijo.

En cuestión de meses, la vida por la que trabajó tan duro se truncó cuando los rebeldes tomaron el control de su ciudad natal, Saná. A mediados de junio, ella huyó con su hermana.

"No tenía otra opción. No podía quedarme. Los rebeldes hutíes bloquearon las carreteras. Ellos no me dejaban conducir y me obligaban a llevar un niqab. Me arrebataron todas mis libertades.

"Piensan que las mujeres son objetos, como una silla o una ventana. Las mujeres y las niñas comenzaron a desaparecer. Me enteré de que un hombre me quería como su esclava sexual y criada. Vi cómo me miraba y pude ver el deseo en sus ojos".

En los últimos meses, los ataques aéreos y contra las viviendas fueron cada vez más frecuentes debido al actual conflicto en Saná. Según la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR), 100.000 yemeníes han huido desde finales de marzo, la mayoría hacia el Cuerno de África.

Safia huyó tan de repente que sintió su viaje como un sueño, dice ella.

Ella y su hermana, un año mayor, salieron de Saná hacia el puerto más cercano llevando una mochila cada una con galletas y cuatro conjuntos de ropa, incluyendo su pañuelo favorito. Desde allí, cada una pagó 300 dólares para embarcarse hacia Yibuti, junto a más de cien personas. Tras cuatro días por mar, viajaron otros dos días por tierra hacia Addis Abeba, Etiopía.

"Yo no estaba preparada para abandonar el Yemen en absoluto. Salimos tan precipitadamente que no tuvimos ni tiempo de recoger mis títulos y certificados", dice ella. "Nunca pensé que iba a llegar a Addis. Pensé que iba a morir en el mar. Tuve la suerte de sobrevivir, pero ahora no tengo nada".

"Hacer este viaje no me hacía feliz. Yo estaba muy triste... Mi vida estaba allí y lo dejé todo atrás".

Después de registrarse ante el ACNUR, se unió a los otros 6.000 refugiados urbanos inscritos en Addis Abeba.

La mayoría de los refugiados en Etiopía viven en campamentos destinados a los refugiados de nacionalidades específicas; sin embargo, no hay ningún campamento para la reciente afluencia de yemeníes. Así que los solicitantes de asilo deben integrarse en la capital, encontrar trabajo en el mercado laboral informal, o confiar en el apoyo de familiares en el extranjero para sobrevivir en esta cara ciudad.

El Servicio Jesuita a Refugiados da alimentos y otro tipo de ayudas a los recién llegados. "Proporcionamos asistencia de emergencia a los refugiados indocumentados y a los recién llegados. Somos la única ONG que presta asistencia a los que aún no se han inscrito ante el ACNUR", dice Hanna Petros, directora del proyecto del JRS en Addis Abeba. En el Centro Comunitario para Refugiados del Servicio Jesuita a Refugiados, en Addis Abeba, jóvenes refugiados pueden hacer deporte, tomar clases de inglés o música, o estudiar en la biblioteca o en el centro de informática.

Si bien Safia llegó a Etiopía con una amplia experiencia en odontología, no puede utilizar sus conocimientos en Addis Abeba debido a las estrictas restricciones laborales. El título por el que trabajó tan duro, pero que quedó colgado en la pared de su clínica, es ahora inútil.

Safia y su hermana sobreviven actualmente gracias a la buena voluntad de un comerciante de Etiopía que conocieron en Yemen. Él las acoge en su casa, pero teme que esta hospitalidad no dure mucho tiempo.

"Muchos etíopes tienen serios problemas para salir adelante. Él es amable con nosotros, pero sé que no tiene mucho dinero. No entiende por qué no estamos trabajando o por qué no podemos pagar un alquiler. Un día, pronto, probablemente nos pedirá que nos vayamos".

Safia no sabe qué pasará después. "Sólo pienso en el hoy", dijo, "Cuando cierro mis ojos, no puedo ver el mañana. Solo quiero mirar atrás y volver a mi antigua vida; pero sé que lo más importante es mi seguridad, mi libertad".

 

Angela Wells, responsable de comunicaciones del JRS África Oriental