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Los niños refugiados sirios a menudo no pueden ir a la escuela. El JRS está trabajando para eliminar los obstáculos a su educación. (Sarah Teather / Servicio Jesuita a Refugiados)
Beirut, 16 de julio de 2015 -– Pasamos por encima de charcos de agua y un lío de cables mientras subíamos las escaleras hasta el apartamento. Era uno de los muchos edificios ruinosos de los distritos más pobres de Beirut, que ahora albergan a muchos de los 1,5 millones de los refugiados sirios que viven el Líbano.

"¡Ramadán Kareem! ¿Está tu mamá? ¿Podemos entrar?" pregunta en árabe el coordinador de visitas domiciliarias del Servicio Jesuita a Refugiados. Una joven cabeza se asoma detrás de la puerta, y luego otra, y una amplia sonrisa. "¡Mahaba! ¡Ahlan wa sahlan! [¡Hola, bienvenido!]". Más niños, muchas sonrisas. "¡Bienvenidos!" dice la madre besándome – a una completa extraña – invitándonos a entrar en su hogar.

Pasamos por una estrecha y oscura cocina hasta llegar a algo parecido a una sala de estar, al fondo. Cuando nos sentamos en el suelo, era consciente de que éramos un grupo demasiado grande para llegar sin invitación a una casa tan pequeña, especialmente en el mes de vacaciones del Ramadán durante los largos y calurosos días del verano de Beirut. Aparte de los habituales miembros sirios del equipo de visitas domiciliarias, ese día había un voluntario francés, un joven libanés miembro de nuestra oficina en el país, y yo, una británica que llegaba desde la oficina internacional.

Pero mientras aún estaba reflexionando sobre el tamaño de nuestro propio grupo, la habitación comenzó a llenarse de niños: chicos y chicas, desde niños pequeños a adolescentes, coletas, pañuelos de colores, bajos, altos, de cabello oscuro, de pelo rubio… Veinticuatro personas en total: tres familias, un montón de adultos y niños, todos apretados en un pequeño apartamento de un tercer piso, que daba a una bulliciosa calle.

Era una casa inusual. No tanto por las muchas personas que había en ese espacio; de hecho, que haya familias cohabitando en situación de hacinamiento extremo es habitual, ya que los refugiados en el Líbano se ven obligados a unirse para pagar el alquiler. No. Lo que era inusual en esta casa era que todos los niños en edad escolar iban a la escuela.

Cuatrocientos mil niños sirios no van a la escuela en el Líbano. Los costos de transporte, la dificultad para matricularse, la discriminación en el sistema libanés, y la necesidad de que los niños trabajen para ayudar a pagar las facturas familiares, son un cúmulo de realidades que dejan a muchos niños fuera de la educación.

Por el contrario, todos estos niños, ahora sentados en el suelo con nosotros, rebosaban de entusiasmo mostrándonos lo que habían aprendido. "One, two, three, four..." Los niños comenzaron a contar en inglés al unísono, de forma espontánea, sin que nadie les dijera qué hacer. "Un, deux, trois, quatre..." siguieron con los susurros de aprobación de nuestro voluntario francés.

"¿Cuál es tu nombre?" me preguntó una chica mayor en un inglés cuidadosamente pronunciado. "¿Cuántos años tienes?", volvió a preguntar. "Cuarenta y uno," le dije. "¿Hasta cuanto has aprendido a contar?" "¡Él puede contar hasta 100!" respondió una madre en árabe. Ella hizo un gesto a uno de sus jóvenes hijos para que se levantara de entre el grupo de niños y se pusiera frente a nosotros para mostrarnos otra cosa que sabía hacer. Empezó a recitar su alfabeto.

Era como una ceremonia de graduación. Una gran celebración. Hubo aplausos y vítores y sonrisas y risas. La energía en la sala era palpable.

Había estado tan ocupada mirando a los niños que no me fije en su madre en un primer momento. Cuando finalmente la miré otra vez, vi que estaba llorando. "Lo siento," dijo ella limpiándose la cara con la manga. "Me hace tan feliz. Me hace tan feliz verlos hacer esto. Aprenden rápidamente. Han sido solo cuatro meses. Cuatro meses en la escuela ¡y mire lo que pueden hacer!"

Vimos muchas lágrimas en nuestras visitas domiciliarias esa semana. Las suyas eran las únicas lágrimas de felicidad.

- Por Sarah Teather, consultora de advocacy del JRS