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Una mujer de Sudán del Sur junto a su casa después de las recientes inundaciones en Maban (Pau Vidal SJ / Servicio Jesuita a Refugiados)
Maban, 30 de octubre de 2014 – En el momento en que el vuelo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) evacuaba a 240 trabajadores humanitarios de cuatro campamentos en el estado de Alto Nilo, Sudán del Sur, Pau Vidal SJ recuerda como, mirando abajo, vio a una multitud de refugiados congregada en la pista de aterrizaje. La evacuación se produjo tras el estallido de violencia en el condado de Maban del pasado agosto, en el que murieron cinco trabajadores humanitarios y un número indeterminado de civiles.

Para los más de 127.000 refugiados de Sudán que viven en los cuatro grandes campamentos, la ausencia temporal de las organizaciones esenciales, como el PMA, hizo que muchas familias se quedaran sin poder cubrir sus necesidades básicas, en particular los alimentos, pero también la educación, la atención médica u otros servicios importantes.

Dos meses y medio más tarde, una veintena de organizaciones, entre estas el Servicio Jesuita a Refugiados, reanudaron la mayoría de sus actividades en Maban y la vida regresó a la normalidad; todo parece tranquilo, por ahora.

"La mayoría de los niños en los campamentos de refugiados ya han vuelto a la escuela, hay actividad en el mercado, y las ONG ya han reiniciado sus programas. La vida sigue", dijo el P. Vidal.

Las actividades se reanudan, a pesar de la adversidad. Para el P. Vidal, los profesores son los más dedicados a inculcar una sensación de normalidad en el campamento, especialmente entre los niños de la escuela de primaria.

El lunes, 27 de octubre, el JRS reinició el programa de formación de profesores para 150 refugiados y locales que trabajan en cuatro escuelas: tres en los campamentos y una en la ciudad de Bunj. Hay una gran necesidad de formación, ya que se estima que el 80 por ciento de los maestros no tuvieron ninguna oportunidad de terminar la primaria.

"Este curso intensivo está dirigido a reforzar la preparación de quienes pueden tener el mayor impacto en la sociedad: los maestros."

Aparte de la educación, el deporte y las actividades psicosociales, también se ha puesto en marcha la ayuda para que la gente supere el trauma del desplazamiento y se han fomentado encuentros entre grupos de personas de diferentes orígenes étnicos.

La temporada de lluvias de este año duró más de lo esperado, y las inundaciones han causado el desplazamiento de personas y daños en las tierras de cultivo e infraestructuras, especialmente en los alrededores de la ciudad de Bunj.

"Me acabo de reunir con un habitante de Maban que estuvo refugiado en Etiopía. Regresó hace tres años, y esta es la segunda vez, desde 2012, que su casa ha quedado completamente inundada, obligándole a él y a su familia a buscar refugio con amigos y familiares. La vista de la ciudad anegada de Bunj y de familias que construyen apresuradamente refugios temporales es difícil de digerir".

El placer de las pequeñas alegrías. A pesar de las inundaciones, los miembros del equipo del JRS continúan visitando regularmente a 200 refugiados en sus hogares en el campamento de Doro. Se trata de personas en situación especialmente vulnerable, como madres solas, viudas o viudos, huérfanos, personas con discapacidades, ancianos y víctimas de la violencia sexual.

"Cada visita es sagrada; entramos en la vida de otra persona y somos testigos de su lucha diaria por sobrevivir en condiciones muy precarias; sin embargo, sus esfuerzos por celebrar la vida en medio del exilio son una inspiración.

Hace tres semanas me encontré con Mary*. Sordomuda, de 20 años, y madre de cuatro hijos, también es responsable de sus dos hermanos más jóvenes. Cada día, para ganarse algún dinero, va a recoger leña al bosque, un lugar donde a menudo las mujeres son atacadas y abusadas sexualmente. A pesar de los problemas, ella sigue adelante y me saluda con una sonrisa".

Refugiadas como Mary aprecian las alegrías de la vida. A principios de octubre, el personal del JRS fue invitado a celebrar el fin de la modesta cosecha, con música, baile y, lo más importante, una comida comunitaria.

Los ancianos de la comunidad recuerdan a las generaciones más jóvenes que una vez que han compartido una comida con alguien ya no pueden volverse en contra de esa persona.

Durante la celebración musulmana de Eid al-Adha (Fiesta del Sacrificio), los huéspedes comparten una gran fuente – de la que comen con las manos la kisera y el hudrush, un pan esponjoso y verduras salteadas - que simboliza los fuertes lazos compartidos alrededor de un plato.

Un horizonte incierto.
A pesar de las esperanzas de que este período de paz se convierta en habitual para los refugiados sudaneses y las comunidades locales que ya han sufrido tanto, la inestabilidad causada por diez meses de conflicto y la presencia de grupos armados son una señal de que vienen días aciagos.

De acuerdo con la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), aproximadamente 1,4 millones de sudaneses del sur han sido desplazados y medio millón más ha buscado asilo en los países vecinos. Cuatro millones de personas necesitan ayuda de emergencia y 235.000 niños sufren de desnutrición en todo el país. La situación es especialmente frágil en el estado del Alto Nilo, donde la violencia ha interrumpido la temporada de siembra, lo que significa que la próxima cosecha será escasa en el mejor de los casos.

"Los grupos armados en el país han utilizado la hambruna de la población civil como arma estratégica durante años desde la década de los noventa. Los ataques generalizados contra la población civil, el robo de propiedades y de la ayuda, han creado las condiciones para una hambruna masiva... La escasez de semillas y la dificultad de disponer de tierras hace que la inseguridad alimentaria sea probablemente una amenaza aún más grande", dijo la responsable de advocacy del JRS en África Oriental, Beatrice Gikonyo.

Después de tres acuerdos de paz fracasados en los últimos meses, los líderes de África Oriental siguen presionando en favor de un acuerdo de paz duradero. Los que van a sufrir más son los civiles y los refugiados atrapados en la violencia sin sentido. A menos que se llegue a un compromiso entre los grupos armados y los líderes políticos, los civiles inocentes y los refugiados seguirán abocados a una vida precaria.

"La gente vive al día; la celebran mientras pueden, conscientes de que la violencia, las inundaciones y el hambre pueden estar a la vuelta de la esquina. La gente invierte las pocas esperanzas y energías que les quedan en vivir cada día, aferrados a sus alegrías y tristezas", dijo el P. Vidal.

Angela Wells, responsable de comunicación del JRS África Oriental

* El nombre ha sido cambiado por razones de seguridad