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El centro de distribución del JRS en Alepo ofrece, cada mes, ayuda de emergencia - cestas de alimentos, colchones, mantas, kits de higiene - a miles de familias. (Gebrail Saud / Servicio Jesuita a Refugiados)
Beirut, 20 de marzo de 2015 – Nos llamábamos en Año Nuevo con la esperanza de que podríamos volver a reunirnos dentro y fuera, para saber de nuestras familias, nuestras comunidades, incluso de nuestros enemigos. Juntamos lo que teníamos y lo compartimos entre nosotros en raciones pequeñas, apenas había para todos. Oramos y soñamos que este sería el principio del fin del horror; que 2015 pondría punto final a estos últimos cuatro años y que nos traería el ansiado fin del derramamiento de sangre: la pérdida de padres, el luto de las madres, los niños desolados, las ciudades destruidas y las aspiraciones desvanecidas.

Confiamos en que quienes estaban directamente involucrados en la guerra a nivel regional e internacional encontrarían una forma de acabar con las hostilidades. Les suplicamos que dejasen de bombardear a civiles y trabajadores humanitarios. Les apremiamos a encontrar una manera de generar la voluntad política para poner fin al conflicto mediante una solución negociada. Parece que nuestras súplicas han caído en saco roto.

Al contrario de lo que anhelábamos, enero y febrero trajo la violencia más brutal que hemos visto hasta la fecha. La violencia indiscriminada se ha cernido sobre nosotros desde todos los lados del conflicto: balas, barriles-bomba, bombardeos, misiles, fuego de mortero, violaciones, detenciones arbitrarias, secuestros, torturas, decapitaciones y ejecuciones; una retahíla interminable de crímenes contra nuestra humanidad. Se nos ha despojado de nuestra dignidad como civiles y expuesto ante el mundo como un espectáculo, mientras la comunidad internacional, a su conveniencia, ha evitado asumir responsabilidades por su papel en esta escena macabra que se representa en Siria y la región.

En honor a la verdad, la percepción es que estábamos más cerca de una solución en 2012/2013 que ahora, en 2015. Tanto el principio como el final de esta locura son dos puntos que nos quedan tan lejanos que lo único que podemos ver es la oscuridad que se extiende interminable ante nosotros.

¿Qué esperanza tenemos?

A nuestras niñas y niños, no les podemos ofrecer un futuro.

A nuestras ancianas y ancianos, tumbas anónimas, viviendas vacías, el dolor de enterrar a las niñas y los niños.

A nosotros mismos, solo vidas rotas.

Millones de nosotros hemos emigrado, apiñándonos juntos en ciudades que no son las nuestras, unos encima de otros como sardinas en lata. Entramos de cualquier manera en países vecinos que no nos quieren, que no nos pueden sostener, solo para poder respirar un aire sin hedor a muerte. Nos arriesgamos a cruzar mares para llegar a Europa sabiendo que podíamos morir ahogados. Pero, ¿cuál era la diferencia? Nos estamos ahogando en nuestra propia sangre en Siria, ¿por qué no ahogarse en aguas limpias que no saben tan amargo?

Estas palabras apenas resumen la tragedia y la desesperación que se ha convertido en una realidad cotidiana para los sirios, ahora en su cuarto año de una de las guerras más brutales de los últimos cien años.

En Siria, la cifra de muertos crece sin control; se calculan más de 220.000 muertos, más de un millón de heridos y 12,2 millones en necesidad de asistencia vital urgente. En el Líbano, una de cada cuatro personas es un refugiado sirio: cerca de 1,2 millones de refugiados en un país de solo 4 millones. Las infraestructuras de este pequeño país están al borde del colapso tras cuatro años seguidos de flujos de refugiados. La hospitalidad tradicional en toda la región se ha ido debilitando y las tensiones son muy altas entre las comunidades de acogida y las de refugiados. Los sirios se sienten atrapados en la región, sin ningún lugar seguro adonde huir. En las conversaciones de paz de Moscú, en enero, ninguna de las partes ha movido ficha para encontrar una salida.

Los sirios se sienten más desesperados y divididos que nunca. Nos sentimos abandonados y, a la vez, atacados por todos. Cuando preguntaron al equipo del JRS en Alepo si notaron un aumento de ataques aéreos, debido a los ataques de la coalición internacional contra el Estado Islámico (EI) su respuesta fue:

"¿Creen que sabemos diferenciar cuándo vienen y bombardean? No importa quién esté lanzando una bomba; para nosotros es lo mismo".

En palabras de un padre de Homs: "Nosotros, los sirios, preferiríamos permanecer en Siria. Amamos nuestra patria, pero la situación se ha vuelto insoportable. Si no las bombas, el hambre nos va a matar. Incluso con un trabajo, no puedo siquiera dar de comer a mi familia por la subida de los precios y la escasez. Siento que cada día hay menos esperanza para nosotros".

El JRS apremia a los actores poderosos dentro de la comunidad internacional - Francia, Irán, Qatar, Rusia, Arabia Saudita, Turquía, el Reino Unido y los Estados Unidos – a dejar de lado los intereses nacionales en favor del bien común, presionando para que cese la violencia de todas las partes contra la población civil y los trabajadores humanitarios y se allane el camino a un diálogo político serio. El esfuerzo conjunto de la comunidad internacional podría generar la voluntad política de encontrar una solución negociada al conflicto.

Una crisis de esta magnitud ha supuesto una presión sin precedentes sobre el sistema humanitario. No se trata solo de una cuestión de financiación; los enfoques tradicionales de manejo del conflicto han demostrado ser insuficientes después de cuatro años de creciente violencia. La capacidad humanitaria actual de la ONU y de las ONG internacionales no puede satisfacer las necesidades del pueblo sirio, ni las de las comunidades vecinas. Aún queda mucho por hacer para acceder a estas personas a través de las organizaciones de base y redes civiles dentro de Siria.

Los donantes internacionales deben apoyar la respuesta humanitaria que se ha desarrollado orgánicamente entre la sociedad siria, porque es aquí donde arraigan las soluciones duraderas. Empoderar y equipar a los sirios para que encuentren sus propias soluciones y respondan a sus propias necesidades dentro del país es crucial. Sin embargo, si la violencia contra los civiles no se detiene, entonces no se podrá hacer nada para evitar que las personas huyan para sobrevivir, lo que será otra oportunidad perdida de que los sirios encuentren una solución pacífica.

Esta es nuestra súplica al mundo: "¡Que no tengamos que celebrar el quinto aniversario del conflicto sirio!"

Nawras Sammour SJ, director del JRS en Siria