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Swastik y Waleed participano en un curso de francés en París organizato por el JRS (James Stapleton/ Servicio Jesuita a Refugiados)
París, 20 de junio de 2014 - Swastik procedía de una familia media del campo en Bangladesh. De padre granjero y madre costurera, su vida, a grandes rasgos, no era muy distinta de la de sus vecinos, hasta que un día su hermana fue secuestrada y asesinada y ella se vio obligada a huir para salvar su vida. Sin entrar en los detalles de lo que sucedió exactamente, con eso basta para decir que ella fue perseguida.

Para Swastik no había otra salida: o quedarse en Bangladesh y sufrir terriblemente o huir.

Bangladesh, Sri Lanka y finalmente Francia. Las once largas semanas que pasó en un buque de carga son confusas. Su mente bloqueó lo que había sucedido. Ella estaba allí, pero no era realmente consciente de qué estaba ocurriendo.

"No puedo decir si el viaje fue bueno o malo. Era como si no fuera consciente mentalmente.... Cuando me fui de Bangladesh, no podía pensar. Quise acabar con mi vida... Pensaba en todo lo que me pasó y dejé de cuidarme".

Swastik no sabía adónde la llevaría el barco, solo que se estaba alejando del peligro yendo a algún lugar, a cualquier otro lugar. Tras llegar a Francia, no está segura de dónde, el contrabandista la llevó hasta París y la dejó en la estación de la Gare du Nord. Estaba sola y asustada. Nada a su alrededor le resultaba familiar: personas, lugares, idioma. Esa es una experiencia muy común.

"Yo soy una chica de una aldea pequeña, y cuando vi la Gare du Nord, pensé ¿dónde estoy?"

Sola frente a la estación de tren más activa de Europa, buscó rostros familiares.

"Vi a un hombre bengalí que entendía mi idioma y me llevó a un hotel. El primer día, cuando llegué aquí, me dijeron que los acompañara durante algunos días hasta que encontrara una habitación. El hombre tenía la edad de mi padre. Estaba muy sorprendida ¡Qué tipo de personas hay este mundo!

Después, conocí a otro hombre bengalí que me dijo que fuera a vivir con su familia. Entonces me dijeron que me alquilaban una habitación por 300 euros. Después que hiciera todo el trabajo doméstico, la limpieza y, a continuación, que tenía que pagar por dormir en un sofá. Después de unos días me dijeron que buscase ayuda en alguna asociación".

Un sistema que no funciona. En teoría, cuando alguien solicita asilo en Francia, el Estado le proporciona apoyo económico, vivienda y acceso a prestaciones sociales. Pero la realidad es mucho más compleja y precaria.

A finales de 2013, había cerca de 24.000 camas en los Centros de Acogida para Demandantes de Asilo (CADA) apoyados por el Estado en toda Francia, en general, de buena calidad. El problema es que hay unos 65.000 solicitantes de asilo registrados. Los citados CADA solo pueden acoger a un tercio de los solicitantes de asilo a la vez. Algo menos de los que quedan en lista de espera durante 12 meses. Una vez admitidos en un CADA, los solicitantes de asilo permanecen una media de 18 meses. Si sacamos la calculadora, veremos rápidamente que hay una enorme escasez de plazas.

Mientras tanto, para equilibrar la diferencia, el gobierno financia otros 24.000 alojamientos de emergencia en hoteles, apartamentos y hostales. Los tiempos de espera para una cama pueden llegar a ser de entre 10 y 12 semanas. El enfoque del gobierno se basa en soluciones de emergencia. En 2010, según la Comisión Nacional Consultiva de Derechos Humanos, se destinaron más fondos a medidas de emergencia que al sistema CADA. Las condiciones son mucho peores, y el coste más alto. Además, no ofrecen apoyo social o legal.

Estos centros de emergencia priorizan a las personas en las circunstancias más vulnerables, así que los solicitantes de asilo a menudo pierden su plaza si llega un grupo más vulnerable. Los que no tienen redes de apoyo se encuentran sin hogar, y con una mínima ayuda estatal de 340 € al mes.

La situación es peor en París. A pesar de que el 36% de las solicitudes de asilo se han presentado en la capital, solo el 16% de los centros de acogida regulares se encuentran allí. Los refugiados llegan a París con la esperanza de encontrar un empleo, un alojamiento de emergencia, y el apoyo de las ONG, pero los recursos son más limitados en la capital.

A Waleed, un solicitante de asilo sirio, le dijeron que no había plazas de emergencia en París. De manera que se fue al norte, a Lille. A su llegada le dijeron que tenía que esperar 50 días para su entrevista de asilo. Así que durmió en la estación de tren durante cuatro días, y luego en un parque. Contactó con la Cruz Roja y allí le dijeron que regresara a París, donde compartió habitación con otras cinco personas.

"Pero cuando llega una familia, tenemos que dejar la habitación, ya que tienen prioridad. Entonces es el aeropuerto, la calle, el aeropuerto".

Integración. Las investigaciones constatan la importancia de las redes sociales para facilitar la integración en la sociedad francesa. Unas redes sociales limitadas y el aislamiento social dificultan la capacidad de los refugiados para encontrar vivienda y empleo en el país. Los refugiados dependen excesivamente de los contactos con sus compatriotas, pero las redes limitadas producen resultados limitados.

Una cuarta parte de los refugiados de la muestra de la encuesta ELIPA del Ministerio del Interior vivía en alojamientos temporales - albergues, centros de acogida y otros centros dependientes de asociaciones – frente al ocho por ciento de otros inmigrantes de la muestra. La misma encuesta encontró que menos del 50 por ciento de los refugiados reconocidos vivía en una vivienda independiente.

El período inicial tras su llegada a Francia es crucial para los solicitantes de asilo: encontrar un lugar donde quedarse, presentar una solicitud de asilo, aprender el idioma, forjar una nueva red social.

La Red de Bienvenida. En 2009, el Servicio Jesuita a Refugiados en Francia puso en marcha un proyecto a través del cual familias y comunidades religiosas ofrecieron a los solicitantes de asilo un lugar para vivir en sus casas, por períodos de un mes cada vez, mientras esperan para entrar en un CADA.

Las familias y comunidades voluntarias ofrecen al solicitante de asilo una cama y al menos una comida a la semana. El JRS asigna un tutor a cada solicitante de asilo que le ayuda con la burocracia del día a día de su solicitud para el estatuto de refugiado y para ofrecerle ayuda en general. Tanto Swastik como Waleed se beneficiaron del proyecto. Desde que llegó, Swastik ha vivido con algunas comunidades religiosas.

"Cuando llegué aquí, estaba mentalmente inestable, hablando sola. Me sentía muy mal... Ahora vivo con cuatro hermanas.... Ellas me guían, me hablan... A veces me siento muy enfadada y cierro mi puerta, y Rochelle lo entiende... A veces todavía me siento muy mal. Quiero ver a mi madre, a mi familia. Pero mi puerta está ahora un poco más abierta".

Desde 2012, la Red de Bienvenida ha crecido sustancialmente con la ayuda de unos 300 voluntarios que han abierto sus hogares a 250 solicitantes de asilo en 15 ciudades del país. Como mínimo, el solicitante de asilo se encuentra un lugar limpio y seguro para vivir; y, en el mejor de los casos, el solicitante de asilo se vuelve como uno más de la familia.El impacto que consigue el JRS con este proyecto es minúsculo si lo comparamos con la magnitud del problema. Se necesitan más lugares en los CADA que financia el gobierno, para dejar que los grupos como el JRS dediquen sus energías y recursos a centrarse en lo que el Estado no puede hacer: dar la bienvenida a los refugiados y solicitantes de asilo en sus nuevas comunidades.

James Stapleton, coordinador internacionales de Comunicaciones, del Servicio Jesuita a Refugiados y Profesor de Derechos Humanos en el Centro John Felice de Roma de la Loyola University de Chicago.