via todas las campanas


Reunir a niñas y niños sirios de diferentes orígenes étnicos y religiosos ayuda a lograr la comprensión de la diferencia, Alepo, Siria (Jesuit Refugee Service)
Damasco, 28 de febrero de 2014 – La radicalización de la violencia, el desplazamiento y la pobreza afectan a los sirios de todos los credos. En la que siempre ha sido una sociedad social, religiosa y económicamente diversa, los autores de la violencia han podido manipular esta heterogeneidad para sembrar divisiones entre la población.

Grandes sectores de la población necesitan ayuda de emergencia. La grave escasez de productos básicos, el alto y creciente desempleo, una inflación galopante y el colapso de los servicios esenciales hacen que todo el mundo sufra. En este ambiente de creciente violencia, los musulmanes y los cristianos de todos los grupos son, de una u otra forma, víctimas de una persecución organizada.

Al trabajar con civiles de diferentes orígenes religiosos y socioeconómicos, el personal del JRS escucha todo tipo de testimonios de las personas a las que asistimos. Muchos ponen de relieve la diversidad de la gente afectada por el conflicto sirio; pero al mismo tiempo muestran un hilo conductor de perseverancia en medio de la miseria de la guerra.

"No es una cuestión de religión, todo el mundo está sufriendo. Esto es lo que la población siria tiene en común: su sufrimiento... Nuestro lugar es estar con toda esta gente, escucharlos, ayudarlos a reconciliarse y a salir adelante", dijo Nawras Sammour SJ, director del JRS Oriente Medio y Norte de África.

Las historias que cuentan, tanto cristianos como musulmanes sirios, son sorprendentemente similares. Fueron por igual perseguidos y obligados a huir de sus casas por ser miembros de una u otra comunidad religiosa. A continuación les presentamos las historias de dos personas muy diferentes que han sufrido graves violaciones de los derechos humanos, algo que se ha vuelto demasiado habitual.

Nour*. Mi historia es como la de muchas familias desplazadas, víctimas de la guerra. Como mujer sola de 75 años, de Homs, la guerra siria me cobró su tributo. Con mi hermana Sara*, sólo dos años mayor que yo, íbamos saliendo adelante juntas.

Yo sólo pude terminar la escuela primaria, mientras que mi hermana es analfabeta. Ella es una viuda y tiene un hijo que vive en el extranjero y del que no ha sabido nada en años.

A principios de este año, huimos de nuestro barrio, Hamidiyeh, tanto por razones económicas como de seguridad. Nos acusaron de apoyar al gobierno porque somos cristianas.

Una noche, hombres armados llegaron y trataron de echarnos. Cuando descubrieron que éramos cristianas, quisieron matarnos. Les imploré piedad, pero en vez de eso recibí crueldad.

Uno de ellos prendió fuego a la cama y me hizo caminar sobre los colchones en llamas. Dijeron que esto eliminaría los demonios de mi alma. Mi pelo se quemó y sentí un dolor terrible en mis oídos. Dijeron que me iban a matar y me dieron permiso para decir mis últimas palabras.

Dije: "Que Dios les ayude y les proteja a todos".

Por alguna razón, permitió que me fuera.

Después, nos fuimos a Damasco, donde nos alojamos con una amiga hasta que pudimos encontrar una casa en alquiler. Al principio, fue difícil. Estábamos angustiadas por lo que había pasado, y porque era difícil encontrar un lugar. Hoy en día, seguimos padeciendo dificultades económicas, ya que ni mi hermana ni yo podemos trabajar. Su mano quedó malherida y necesitaba muchas operaciones.

Todavía vivimos sin muchas de las cosas básicas de la casa: un sofá o una nevera. Esperamos que la crisis termine pronto para poder volver a Homs. Mi hermana sueña que su hijo regresará algún día y se la llevará.

Ibrahim*. A los 41 años, me he convertido en una víctima de las interpretaciones que algunas personas hacen de mi religión, he sido desplazado de mi hogar por la violencia y la inseguridad omnipresente en Siria.

Soy un musulmán que vive en Damasco, padre de cuatro hijas y un hijo. Mi esposa es una profesora que trabaja con niños discapacitados.

El año pasado, los combatientes rebeldes se hicieron con el control de nuestro barrio en Alepo. Me obligaron a cerrar mi panadería y a abandonar mi casa porque mi esposa se negó a llevar velo. Pero no éramos los únicos. A una mujer, por esta misma razón, le afeitaron la cabeza. También mataron a dos jóvenes porque uno tenía un tatuaje y el otro llevaba un collar de oro.

Perdimos los sueños de nuestra vida. Estábamos traumatizados.

En agosto del año pasado, fuimos a vivir con la familia de mi hermana en Damasco para escapar de la violencia.

La vida es difícil en Damasco. Es difícil ir de un lugar a otro. No siempre podemos pagar el alquiler. Algunas organizaciones de caridad se niegan a ayudarnos porque mi esposa no lleva el velo.

Luchamos para ganar lo suficiente y poder comprar comida para la familia y pagar la asistencia médica de mi hijo de dos años, que padece una deformidad de la columna y problemas graves de la vista; necesita una intervención quirúrgica y tratamiento.

Aunque el Servicio Jesuita a Refugiados nos brinda asistencia alimentaria y cubre algunos de los gastos médicos de mi hijo, necesitamos aún más ayuda. Espero y rezo para que se recupere y poder encontrar un trabajo con que mantener a mis hijos y enviarlos de vuelta a la escuela.

Encuentro y diálogo. Al trabajar a través de una red de voluntarios y socios locales, y con una red aún más amplia de personas a las que atendemos, el JRS en Siria tiene una forma de hacer enraizada en la diversidad y complejidad de la sociedad siria. Ofrecer asistencia de emergencia, como cestas de comida o algún tipo de apoyo médico no es, per se, suficiente.

"Si queremos lograr la paz, tenemos que fomentar una cultura de encuentro y de diálogo entre nosotros mismos, nuestros equipos y dentro de la comunidad en general. La gente debe tener la libertad de expresar lo que le ha sucedido, y también a recibir una asistencia que la ayude a recuperar algo de su dignidad y devolver la esperanza a sus vidas", añadió el P. Sammour.

Zerene Haddad, responsable de comunicación del JRS Oriente Medio y África del Norte.

*Este nombre ha sido cambiado por razones de seguridad

El Servicio Jesuita a Refugiados en Siria ayuda aproximadamente a 300.000 sirios que necesitan asistencia de emergencia, la mayoría de ellos son desplazados internos.