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Unos estudiantes de esta escuela del JRS en el este de Ammán aprenden el léxico inglés relativo a temas migratorios. Clases como estas ayudan a los refugiados a recuperar una cierta sensación de normalidad en sus vidas y les enseñan habilidades prácticas (Angelika Mendes/JRS)
Ammán, 16 de octubre de 2013 – El Servicio Jesuita a Refugiados trabaja en Jordania con los refugiados de Siria, Iraq, Sudán y Somalia. Aquí, Mohsen*, de Siria, nos comparte su historia sobre cómo huyó de su país hacia la seguridad en Jordania.

Antes de tener que huir de mi casa, me gradué como contable y trabajé durante dos años como director de oficina de una agencia pública. Un mes antes de que estallara el conflicto, me había comprometido con Aneesa*. Nunca hubiéramos imaginado lo difícil que sería nuestra relación.

Todo comenzó cuando estallaron los enfrentamientos en marzo de 2011, que afectaron a mi barrio, situado en un suburbio de Damasco. Temiendo por nuestra vida, mi familia se mudó al centro de la ciudad. Alquilamos una pequeña y carísima casa a uno de esos terratenientes sin escrúpulos que se aprovechaban de la gente desesperada necesitada de un techo sobre sus cabezas. El propietario fue aumentando el arriendo hasta que ya no pudimos permanecer allí.

Tras saber que las autoridades llegaron a la casa de mi familia y que les interrogaron sobre mí, me sentí inseguro y me di cuenta que mi novia y yo teníamos que salir del país. Ellos querían arrestarme porque había participado en muchas manifestaciones en mi ciudad y vivía en un área donde las manifestaciones habían sido habituales.

Arriesgándolo todo. Tenía que evitar ser arrestado, por lo que decidí no solicitar un pasaporte ni salir a través de un punto fronterizo oficial. El viaje era muy peligroso ya que tuvimos que trasladarnos solos desde Damasco a Daraa cruzando muchos puestos de control militares corriendo el riesgo de ser arrestados o ejecutados.

Tras llegar a un acuerdo con un contrabandista, crucé la frontera en diciembre de 2012. Yo estaba solo; íbamos acompañados de mujeres, niños y personas mayores que habían viajado a pie durante kilómetros. Cuando nos acercábamos a la frontera, nos dispararon. Corrimos tan rápido como pudimos para salvar nuestras vidas.

Uno de los contrabandistas que nos guiaban a través de la frontera nos contó cómo dos de sus amigos habían muerto el día anterior en ese mismo lugar, mientras trataban de ayudar a otros sirios a entrar en Jordania. Cuando ya cruzamos la frontera, me dirigí solo al campamento de Zaatari**, en el norte de Jordania.

Era un lugar horrible para vivir, como una prisión, un lugar escalofriante, sin atención médica, ni alimentos ni agua para las personas que vivían allí. Tenía miedo, estaba solo, sin dinero ni ropa de abrigo.

Reunificación. Afortunadamente, un amigo de Jordania intercedió en mi favor ante las autoridades del campamento diciendo que se encargaría de mí, por lo que se me permitió ir a su casa. Mientras tanto, mi novia había conseguido un pasaporte y venir a Jordania. Después de un mes de sufrimiento tratando de cruzar la frontera y viviendo en el campamento, por fin nos reunimos en Ammán.

Fue muy duro estar lejos de los seres queridos. Aunque ahora estaba con mi novia, mi familia seguía en Damasco, y eso me partía el corazón. Era la primera vez que había dejado mi querido país. Tenía miedo de todo. Algunas personas nos dieron la bienvenida, mientras que a otros les éramos indiferentes. Me sentí como un extraño en mi tierra de exilio.

Durante un mes estuve en la casa de un familiar en Ammán. Me asustaba salir. Tenía miedo de ser arrestado por no tener una documentación válida. Afortunadamente, al final me encontré con alguien que pudo ayudarme a sortear los muchos de los obstáculos burocráticos normales y a regularizar mi situación migratoria.

A los pocos meses, mi novia y yo pudimos casarnos y registrarnos en la agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR). Después de eso también conseguí un trabajo en una organización humanitaria que trataba a sirios en el Hospital Akilah de Ammán. A través de las muchas personas que conocí allí, me enteré de los cursos ofrecidos por el Servicio Jesuita a Refugiados en la ciudad. Así que fui a su centro y me inscribí en el curso de inglés. El ambiente es muy bueno. Mis compañeros de clase en la escuela me han ayudado mucho.

La situación en Siria se está deteriorando y no se vislumbra el final del conflicto. Me temo que no voy a poder regresar y vivir allí. Así que estoy tratando de encontrar una manera de ir a los EE.UU. o a Europa para estudiar allí como refugiado o con una beca.

Mohsen es un joven refugiado sirio de 26 años que vive en Ammán, Jordania

* El nombre ha sido cambiado por razones de seguridad

** Las condiciones en el campamento de Zaatari han mejorado desde que Mohsen estuvo allí. El campamento de Zaatari alberga a 120.000 refugiados sirios y es la cuarta ciudad más grande de Jordania, y el cuarto mayor campamento de refugiados del mundo.