via todas las campanas


Un niños sirio recibe agua en el centro del JRS en Alepo donde se ofrecen actividades recreativas y educativas a las familias desplazadas. Aquí, el JRS atiende a todas las personas necesitadas, independientemente de su nacionalidad, religión o etnia. (Sedki Al Imam/JRS)
Roma, 6 de Septiembre de 2013 - El Papa Francisco ha invitado a cristianos, a fieles de otras religiones y a todas las personas de buena voluntad a unirse mañana a una jornada de ayuno y oración mundial por la paz en Siria. Este llamamiento se presenta en medio del debate público sobre las opciones militares y las intervenciones. Lo que en su momento fuera un esperanzador movimiento por el cambio político se ha transformado en un baño de sangre. Con cada nuevo paso, la violencia y la destrucción de este conflicto aumenta.

Lo que en un principio fue un conflicto sirio con una dimensión regional se ha convertido en un conflicto regional con un enfoque en Siria. Debido a los muchos intereses regionales e internacionales involucrados, el pueblo sirio ha perdido el control de los acontecimientos. Frente a una realidad tan compleja, es fácil caer en la tentación de dejarse atrapar por las dinámicas de la división, la polarización y los llamamientos a soluciones militares.

El JRS ha estado trabajando desde 2008 en Siria y se aferra a los principios humanitarios de neutralidad e imparcialidad para poder llegar a las muchas víctimas desplazadas por el conflicto, independientemente de su filiación religiosa u opiniones políticas.

En Damasco, Homs y Alepo, los jesuitas sirios, junto con cientos de compañeros laicos del JRS, han atendido a más de 200.000 personas. El JRS ofrece servicios educativos, alimentos y asistencia material a unos 9.000 niños gravemente traumatizados por la guerra. El JRS trabaja en estrecha colaboración con y a través de las estructuras de las diferentes iglesias cristianas y otras congregaciones religiosas.

El trabajo de la rama siria de Cáritas, de las muchas iglesias y del JRS son indudablemente un testimonio de la caridad cristiana. Incluso en estos tiempos difíciles, este testimonio común del amor sirve de impulso a la práctica del diálogo interreligioso entre cristianos y musulmanes suníes y chiíes. De hecho, más de la mitad del personal del JRS son musulmanes. Estamos unidos por la acción humanitaria y nuestra labor caritativa. Trabajamos juntos, porque nos mueve la conmiseración por el sufrimiento de las personas.

Tanto cristianos como musulmanes nos acercamos con misericordia y compasión a las víctimas de esta guerra, porque creemos en un Dios compasivo y misericordioso. Frente a lo absurdo del conflicto y su espiral diabólica de violencia, tenemos que seguir aferrados a la fe en Dios bondadoso y compasivo. Nuestra respuesta en este momento puede ser la misericordia y la piedad por las víctimas de la tragedia humana de Siria.

Esta actitud compasiva debe ser expresada en las acciones y en la manera en que contemplamos la realidad.

El P. Pedro Arrupe SJ, fundador del JRS, nos recordó en su discurso final en agosto de 1981, en Bangkok, la importancia de la oración, cuando dijo: “Voy a decir una cosa más, y por favor no la olviden. Recen. Recen mucho. Problemas como estos no se resuelven sólo por los esfuerzos humanos”.

Nuestra experiencia en el conflicto sirio nos ha llevado a comprender más claramente que, aparte de nuestra labor piadosa, se necesita mucha oración misericordiosa y compasiva. Sea donde sea que haya tanta energía negativa, se necesita la energía positiva de muchas personas. En vez de sucumbir a la violencia, la misericordia y la compasión por las víctimas, incluso por los victimarios, debe estar en el centro de nuestras oraciones.

La bondad de Dios abraza a todos, víctimas y victimarios, por igual. En nuestra oración compartimos la misericordia y la compasión de Dios que es más fuerte que el odio. El mismo Jesucristo abrazó a sus victimarios desde la cruz y el sufrimiento con amor misericordioso y perdón. Dios escucha el clamor de las víctimas y llega al nihilismo profundo de los autores. La misericordia y la compasión de Dios abre un espacio libre del odio en las víctimas, un lugar en el que los autores pueden vivir su propia humanidad y dar la espalda al mal de la violencia.

La oración piadosa combinada con la acción nos permite avanzar tímidamente hacia una reducción de la intensidad del conflicto y entreabrir las puertas a un diálogo que podría conducir a la paz y la reconciliación. Junto a la oración con el Papa, la comunidad cristiana y los fieles de otras religiones oramos y abrimos un espacio para que la compasión y la conversión se transformen en soluciones pacíficas.

En la oración encontramos el espacio silencioso para oír las voces no escuchadas de las numerosas víctimas, así como el clamor de los pobres: niños, mujeres y hombres, jóvenes y viejos, musulmanes suníes y chiíes, cristianos y personas de buena voluntad. Escuchamos el grito de todos los que anhelan vivir de nuevo en paz, de todos los que se niegan a tomar las armas.

¡Bienaventurados los pacificadores!

Como nos pidió el Papa Francisco, "lancemos un fuerte grito por la paz en todo el mundo".

Peter Balleis SJ
Director internacional
6 de septiembre de 2013