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Los zapatos de los niños en la puerta de la casa de una familia siria residente en Ammán (Angelika Mendes/JRS)
Ammán, 31 de octubre de 2012 - Ahmed * nos recibió en una concurrida calle que serpentea cuesta arriba hacia su casa en un tranquilo barrio de Ammán. Le seguimos escaleras arriba hasta un apartamento simple de tres habitaciones. Intercambiamos los largos saludos árabes al entrar en la sala de estar. A excepción de algunos colchones en el suelo y una cómoda, la habitación estaba vacía.

Era pleno invierno, hace nueve meses, cuando Ahmed y su familia - esposa, hija, padres, tíos – llegaban por primera vez a Jordania. La vida aquí es dura. Pero en casa era imposible.

Antes de huir de Homs, Siria, Ahmed fue detenido y encarcelado durante casi 50 días en condiciones atroces. Los detenidos, hacinados, estaban obligados a permanecer de pie. Como resultado de su tiempo en prisión, Ahmed tiene problemas relacionados con la columna vertebral que ahora le impiden realizar cualquier tipo de trabajo.

Ahmed se mantuvo en silencio con la mirada fija en su rostro mientras fuma compulsivamente, así que su madre, Zeinah* es la que habla.

"Es muy raro que alguien en Siria sea liberado de la cárcel, tal vez sólo liberan a uno de cada 100", explica Zeinah.

La familia pagó 2.000 dinares jordanos (2.170 euros) de fianza.

"Vendimos todo, hasta la última cuchara, para reunir el dinero".

Antes de salir de Siria, Zeinah trabajó para el gobierno sirio durante 30 años sin problemas, pero cuando estalló la violencia empezó a tener miedo.

"Podía sentir que las cosas estaban cambiando y temía que me arrestasen".

"No hay suficiente comida en Siria, no hay pan. Lo destruyeron todo, las iglesias, las casas... Dos mil personas se reunieron para orar y manifestarse pacíficamente. No querían los combates" recuerda con tristeza Zeinah.

Exilio. La esposa de Ahmed nos sirve el café en pequeñas tazas decoradas en oro. Ella estaba embarazada de siete meses cuando huyeron desde Homs en un autobús a Ammán.

"Llegamos sin nada. Durante los primeros 50 días, vivíamos aquí y allá hasta que encontramos este apartamento."

Aquí viven juntos once miembros de la familia, tres generaciones.

"Es mejor comer polvo aquí que permanecer en Siria".

El hijo de Zeinah, de 14 años, trabaja en turnos de 12 horas en un bar de falafeles por cinco dinares al día. Él es el único sostén de la familia porque Ahmed y su padre no pueden encontrar trabajo. La familia vive de la caridad de los demás: la ropa y las medicinas les llegan de una iglesia local y de una clínica del barrio; la comida se la ofrece una ONG; los uniformes y las mochilas escolares se las da el Fondo de la ONU para la infancia (UNICEF), gracias a ello las dos hijas más jóvenes de Zeinah asistir a la escuela.

"Les gusta estar allí. [Pero] es tan difícil vivir aquí. ¡Todo es tan caro!".

La familia paga 200 dinares al mes por el alquiler de este apartamento de tres dormitorios. El marido de Zeinah necesita medicamentos para su presión arterial alta y por sus problemas cardíacos. Con la proximidad del invierno, están en extrema necesidad de mantas y combustible de calefacción.

En Siria tanto Ahmed como su padre eran conductores de furgonetas turísticas y tenían una buena vida. Su hijo mayor y su hija se han quedado en Siria.

"Tratamos de mantener el contacto con ellos, pero la conexión telefónica no funciona siempre".

Hasta que el polvo del actual conflicto se despeje, el futuro de la familia Zeinah y de otros refugiados sirios seguirá siendo incierto.

Angelika Mendes, Coordinadora de fundraising del JRS Internacional